Buscando la santidad en la vida diaria

Transcripción de la prédica del 16 de agosto 2026

el camino de la santidad

Resumen

La prédica explica que la santidad no es una virtud humana natural, sino un atributo divino que solo pertenece a Dios. El autor sostiene que el ser humano es imperfecto por definición, por lo cual alcanzar este estado requiere una dependencia total del Creador y la renuncia al control propio. Se enfatiza que vivir en santidad es una decisión diaria que afecta el testimonio ante los demás y la capacidad de experimentar la presencia de Dios en el presente. Se describe como un proceso de apartarse del mal y llenar la mente con principios espirituales para evitar que el pecado corrompa el alma. La santidad es un requisito indispensable para ver al Señor y proteger la vida familiar y espiritual.

Transcripción

14 Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.

Hebreos 12.14

Primer punto a tocar. ¿Qué es la santidad? ¿Será una virtud? ¿Será un don? ¿Será una característica? ¿Qué será la santidad? Estos puntos que acabo de retomar sobre los conceptos que pusimos sobre la mesa son los más importantes para definir lo que significa santidad. ¿Por qué? Un ser humano por sí mismo no puede ser santo, no puede. Es una contradicción de términos. Un ser humano, por definición, es número uno imperfecto, corruptible y con tendencia a la maldad. Ese es un ser humano. El ser humano más bueno del mundo, la persona más buena que ustedes conozcan no puede ser santo por sí mismo. Podrá ser un muy buen amigo, un muy buen vecino, un muy buen jefe, una muy buena amiga, pero no puede ser santo por sí mismo. Una cosa es ser una buena persona ante la sociedad y otra cosa es la santidad. ¿Por qué un ser humano no puede llegar a la santidad por sí mismo? Sencillo. Solo de alguien proviene la santidad. La santidad le pertenece a una sola persona y esa persona es Dios.

No hay otro ser que sea tan santo como Él. No hay otra persona que posea la santidad que sea parte de Él. No existe. solamente Dios y lo hemos visto otras veces en los atributos que tiene Dios, los morales, los naturales, etc. La santidad pertenece a Dios. Si queremos algo que pertenece a la otra persona, tenemos que acudir a esa persona, ¿correcto? No se puede de otra manera. Ahora, la santidad también es una forma de vivir, de conducirse. La santidad no es una insignia que yo me aquí y que paseo con ella para todos lados y no tiene ningún efecto en mí. La santidad es una cualidad en ese sentido, una forma en la que yo vivo mi día a día. Desde la decisión más chiquitita de si hoy me pongo teños, chanclas, gotas o nada cuando así descanso por la vida, ahí también entra la santidad de lo que sale de mi boca, de lo que entra en mi cabeza, de lo que entra en mi corazón. Desde ahí nace la santidad. Ahora, también es un atributo, porque pertenece a Dios. Atributo, por definición, ese concepto, esa palabra se usa para referirse de forma incorrecta características que Dios tiene, cosas que son de Él, inherentes, que no se despegan de Él. Y también es correcto. Entonces, ¿cómo podríamos definir la santidad? Yo podría descartar un poco el concepto cualidad, porque la cualidad es el ser santo, no como tal la santidad. La santidad es un atributo. La santidad a lo que he leído, investigador, la definición o para definirlo en una sola palabra sería un atributo. Que Dios nos concede también el tener el don. También Dios nos lo concede, pero en origen fue un atributo. Antes de que existiera la humanidad, la santidad ya existía y era un atributo divino.

¿En qué momento se convierte en una cualidad? Cuando Dios nos va perfeccionando.

¿Cómo se sigue la santidad? ¿Se persigue? La santidad, es algo que se vive día con día. ¿Por qué es importante? ¿O por qué es relevante? ¿O por qué tendríamos que hablar de santidad? Tal vez más seguido. Lo dice esta misma cita, “sin la cual nadie verá al Señor”. Cuando yo leía esto, me ponía a pensar que desde niños nos dice, «Si no te portas bien, no te vas a ir al cielo» Cuando nosotros tenemos esta educación y de pronto alguien nos dice, «Si la cual nadie verá al Señor”. Lo primero que viene a tu cabeza es darle la interpretación de que si no te portas bien o no eres santo, no vas a ver a Dios en el cielo y que esa es la única interpretación que tiene este texto. Pero me puse a repensar en esto y no es verdad. No lo ves desde ahorita si no eres santo. No te tienes que morir para ver si ves o no al Señor, si fuiste santo o no. Cuando tú no eres santo, muchas veces estorbas la mano de Dios en tu vida. No digo que la detengas, no, no puedes detenerla. Dios hace lo que quiere, cuando quiere, como quiere, con quien quiere. Pero a veces no vemos lo que hace y estorbamos y desde ahí ya no vimos al Señor. Le tengo una pregunta.

¿Qué dice la palabra acerca de Dios y las tinieblas? Las tinieblas y Dios no tienen nada que ver, ni se topan, no se conocen, no se tocan, no se mezclan. Una cosa es Dios y del otro lado, debido a la ausencia de Dios, están las tinieblas, está la maldad. Por consiguiente, si dentro de nosotros hay maldad, ¿puede haber Dios? ni tantito, ni aunque yo lea la Biblia, ni aunque yo escuche alabanzas. “Pero escucho alabanza y siento bonito y ya se me pasa. Escucho alabanzas y me siento de lujo otra vez. Ni tuve que orar. Con el simple poder de la alabanza yo ya estoy bien porque aunque esté en pecado, me siento bien”.

El ser humano está formado por tres partes, cuerpo, alma y espíritu. ¿Dónde sentimos bonito?, en el alma. ¿Y dónde habita Dios? Dios debe habitar en todo lo que somos. Debe habitar y vivificar nuestros espíritus. Debe habitar y dirigir nuestras almas y debe habitar y gobernar nuestros cuerpos. Sí, el espíritu es lo que permite que tengamos conexión con el Señor definitivamente. Pero Dios debe habitar en las tres partes del ser humano, debe tener dominio y control total del ser humano. ¿Por qué? Porque así llega la santidad. No puede haber santidad si solamente le das a Dios una fracción de ti. No puede. ¿Por qué? Nada tiene que ver Dios con las tinieblas.

Como se narra en la primera carta a los Corintios, en aquel entonces las personas tenían la plena certeza y seguridad de que lo importante era el espíritu, porque el espíritu se iba con Dios, pero solo el espíritu. Y entonces, ¿qué pasaba? Que con el cuerpo podemos hacer lo que queramos porque el cuerpo se queda aquí y a Dios no le importa lo que se queda aquí. ¿Suena convincente, no? Me nutro los domingos, me lleno de palabra del Señor y el resto de la vida tengo para hacer lo que yo quiera. ¿Sería o no sería chido? No nos engañemos, el pecado es rico, el pecado se siente sabroso. Es como ese chocolate que sabes que no te tienes que comer porque traes la presión bien alta y el azúcar por los cielos y aún así te lo quieres comer porque sabes que está rico. Así es. Y a veces decimos “al rato me tomo la pastilla”. Es lo mismo, “al rato me pongo a orar”. ¿Qué es un chocolate? Nada. Y tú Tu cuerpo te dice, «Ah, ¿no quieres ver que no te hacía nada?» Fum, y le mete triple velocidad al azúcar y y al rato estamos “no debía haberlo hecho”

Igual pasa con nuestra vida cristiana, ¿Qué es tantito?, ya le di al Señor nueve décimos de mi vida, solo quiero uno para mí, no va a pasar nada. Sí pasa. Así como una mirruña de chocolate te puede alterar todo el ser y te sube la presión y te sube al azúcar y después ya te está regañando tu médico y te dice, «Señor, usted está a punto de ser prediabético, ya bájele” Un solo chocolate, sí, pero ese solo chocolate ya te subió el azúcar hasta por los cielos y ni cuenta te diste. Es lo mismo en el espíritu. Una sola puerta que tú le abras al pecado. Una sola puerta que tú le abras al enemigo de tu alma y de tu vida y de tu familia le permite hacer contigo, con tu vida y con tu familia lo que tú mismo le dejaste. Y no, no es culpa de él. ¿Quién abrió la puerta?

Ahora, yo sé que muchas veces les han hablado de lo que Dios quiere de nosotros, de lo que Dios espera con tu vida, de muchas cosas. Pero mis amados hermanos, no lo entendemos hasta que de verdad lo vivimos y eso está más gacho. Porque como nos gustaría como papás que los niños entendieran cuando le decimos, «No vayas y pruebes eso.» “Sí, mamá”, “te lo estoy diciendo en serio. Por favor, no vayas y lo hagas”, “sí, mamá, ya te dije que sí”. Ah, se voltea y tú sabes que lo va a ir a hacer. Ya lo sabes. No más le viste esos ojitos y ya sabes que ya lo hizo, y tú dices, «Te lo quise evitar.» Al rato llega el niño o el adolescente, «Mamá, es que me dijo que sí, luego ya no ni me habla, mamá.» Ay, se lo quisiste evitar, se lo advertiste, Justo antes de que lo hiciera, y lo hizo. ¿Y qué es lo primero que piensas? Te lo dije, te lo quise evitar. Yo sabía que te iba a doler. Yo sabía que te iba a lastimar y aún así fuiste y lo hiciste.

Luego te calmas, viene el Señor a tu corazoncito y te dice, “No regañes, respira, instrúyelo, no lo golpees, instrúyelo”. Dios siente exactamente lo mismo cada vez que te dice, «No lo hagas.» Y tú dices, «Yo ya soy adulto, es mi vida, y mira, hasta ahora no la he echado a perder, vamos bien, seguimos aquí, tenemos el control de la situación, vamos bien, vamos, hay que seguirle”. Y Dios te dice, «No, por allá, no, porque eso que no estás viendo es lo que te está esperando y lo que te va a hacer daño, Y ese camino que estás a punto de decidir tomar, no solo te va a arruinar a ti, te va a arruinar a ti, va a arruinar a tu familia, va a arruinar la iglesia, también va a arruinar el testimonio que has mantenido hasta ahorita con tus vecinos, con tu jefe, con tus compañeros, con tus amigos cercanos. Ese testimonio por una decisión”

La santidad requiere una vida de decisiones tomadas y dirigidas de la mano de Dios. Pero para perderla, se pierde mucho más rápido, se pierde mucho más fácil. Todos lo sabemos ya en la vida adulta, todo lo que cuesta trabajo, todo lo que cuesta dinero, todo lo que cuesta tiempo, todo lo que cuesta perfeccionarse, vale la pena o es lo que de verdad valoramos. ¿Por qué creen que la santidad es tan difícil de conseguir? ¿Por qué no todos somos santos todos los días?, porque queremos seguir teniendo el control de nuestra vida.

Te tengo una noticia. En el momento en el que tú aceptaste a Dios como tu único suficiente salvador y Señor, dejaste de ser dueño de tu vida. No sé si no lo leíste las letras de acá abajo del contrato, pero Dios recibe tu vida. Es más, tú se lo dijiste. Señor, te entrego mi vida, cámbiala. Y el Señor dice, «Va, la afirmaste, perfecto, cambiamos tu vida» Y le empieza a hacer ajustes y, «Ay, Señor, ¿por qué? Ya lo había logrado, ya había logrado tener esa chamba”, “Esa chamba no te conviene, Tú no lo estás viendo, pero yo que ya estoy ahí, estoy viendo que ya no tienes tiempo para mí, que ya no puedes orar por tus hijos y con tus hijos porque ya no tienes tiempo. Estoy viendo que te van a pedir que hagas cosas que te van a poner en jaque, porque tú sabes que a mí no me gustan, pero si no te van a correr. Te quiero evitar esa situación, esa situación donde tres meses vas a estar estresado, vas a estar vuelto loco, vas a gritarle a tu esposa, vas a gritarle a tus niños, no vas a ir a la iglesia, ni siquiera vas a querer hablar conmigo, te lo quiero evitar

Pero nosotros dejamos de escuchar cuando Dios dijo, «Te dije que no» Y hacemos berrinche, “Es que yo quería eso”, si Dios no te lo concedió, fue por algo. “Es que usted no entiende. Me urgía el dinero” Si Dios no te lo concedió, fue por algo. Y hacemos berniche cuando Dios lo único que quiere es proteger nuestra vida.

¿Por qué otro motivo sería importante la santidad? Ya vimos que es importante porque nos permiten estar cerca de Dios, porque la santidad y las tinieblas nada tienen que ver. Si hay tinieblas o maldad en nosotros, no hay santidad, no hay Dios. ¿No quieres ser santo?, perfecto. No seas santo, pero no hay Dios en tu vida. Nadie te va a obligar. Ya no tenemos cinco años. No quieres ser santo, está bien. Solo te informamos que la consecuencia de no ser santo inevitablemente es que no hay Dios en tu vida. ¿Quieres a Dios en tu vida?, necesitas santidad.

¿Por qué otro punto sería importante la santidad? Cuando hablamos del testimonio, hay dos citas bíblicas muy importantes y básicas en nuestra vida. Número uno, somos la luz del mundo.

14 Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. 15 Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. 16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Mateo 5:14-16

¿Para qué sirve la luz? para alumbrar, para ver, alumbrar, dirigir. Y número dos. Alrededor de nosotros hay una gran nube de testigos.

1 Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, 2 puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.

Hebreos 12:1-2

En el momento en el que tú dices, «Yo soy cristiano”, todos te ven, todo, lo que haces bien, lo que haces mal y sobre todo lo que haces pésimo. Porque a nadie le importa si un cristiano se porta bien. ¿Qué le importa a las demás personas que haga un cristiano o no sí se porta mal? Por decirlo de una forma muy infantil, sí se porta mal. ¿Qué le importa a la gente ver que un cristiano predique? Nada. Eso es normal. Que un cristiano ore, ¿no? Eso se espera porque es cristiano. ¿Qué le importa ver a la gente? que falles, que te equivoques, que peques deliberadamente. Eso le importa la gente. ¿Por qué? Sencillo. “Si él peca siendo cristiano, ¿por qué yo no?” “tú ya pecaste, no me puedes decir nada. No me puedes decir que Dios quiere que yo cambie. No me puedes decir que Dios quiere algo diferente conmigo. Porque a ti no te importó”

A la gente no le gusta ser señalada ni corregida. A la gente no le gusta que nosotros hablemos la verdad. A la gente no le gusta que nosotros de parte de Dios tenemos autoridad para decirle, «Tus frutos no son los indicados. Tus frutos no son los frutos que Dios quiere para ti. La vida que llevas no es la vida que Dios quiere que lleves» Y hay una solución y se llama Cristo. A la gente no le gusta que tú le digas eso. ¿Cómo logran que no lo hagas? Sencillo. Tratan de quitarte esa autoridad, ¿como? haciéndote pecar.

Es como cuando se regaña a un niño, se buscan otros “complices”, “No me puedes regañar a mí. Él también lo hizo. Dios, tú no me puedes regañar. El que tú dejaste a cargo en teoría también lo hizo” y así lo hace la gente, “Si el cristiano lo hizo, ¿por qué ya no?” La gente no va a ver que un ser que una persona cristiana es un ser humano que busca santificarse todos los días. La gente piensa que un cristiano es una persona perfecta.

La santidad también es importante porque cuida tu testimonio. Ahora, lo que la la gente opina de ti jamás va a ser más importante que lo que Dios opina de ti. Eso también es cierto. Pero la Biblia tampoco dice, «Haz la que quieras.» La Biblia dice, «Si a tu hermano le es ocasión de pecar, no lo hagas delante de él. Mantente santo porque la gente te está viendo

Los apóstoles se mantenían santos porque eran lo que eran el reflejo de Dios para la gente que no creía. Y nosotros somos ese primer contacto de lo que es Dios para la gente. De ahí la importancia de nuestra santidad no solamente es por nuestro bien, sino también para que los demás puedan saber quién es Dios verdaderamente. Porque si tú dices, «A Dios le gusta que seamos honestos”, la gente no va a ir y le va a preguntar a Dios, “¿Dios te gusta que yo sea honesto?» No. Te va a ver a ti. Si tú eres honesto, entonces yo sé que a Dios le gusta el honesto. Y repito, la opinión de las demás personas jamás podrá ser mayor que la opinión de Dios sobre ti. Esa es la única opinión que cuenta, ni siquiera la tuya, porque ahí está tu identidad. Pero sí es importante el testimonio que llevamos y lo hemos dejado de lado, porque ahí afuera la tendencia es “Vive tu vida. Mientras no le hagas daño a nadie, mientras no sea ilegal, haz lo que quieras y que a la gente le valga. La gente te tiene que aceptar y la gente te tiene que tolerar y la gente te tiene que aplaudir, decirte, Qué bueno que estás haciendo eso de tu vida. Excelente”. Eso es lo que dicen afuera. Pero la verdad es una, sin santidad, nadie verá a Cristo jamás. Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni cuando nos muramos y partamos con el Señor. No lo vas a ver.

¿Cómo adquirimos la santidad?, si tan importante es, pues a ver, no existe como tal, paso uno, paso dos, paso tres. No existe. Eso no es no es una receta. Pero sí es básico.

Imaginemos que aquí hay un vaso con agua. Agua natural, agua de la llave y tiene aceite encima, ¿Cómo lo sacamos? ¿Qué pasa si volteamos el vaso? ¿Sale solo el aceite o sale agua y aceito? Para que eso pase, para que podamos sacar el el aceite sin derramar el agua. Tenemos que echar más agua. Física, el aceite sube, se derrama del vaso y adentro del vaso solo queda agua. Es lo mismo en nuestra vida. Si queremos Dios, tenemos que llenarnos de Dios para que no haya tiempo para nada más. ¿Quiere decir que me tengo que pasar las 24 horas orando y leyendo? No, quiere decir que tu mente, tus emociones, tus pensamientos, todo tiene que tener el cuidado de no ofender a Dios.

Ah, entonces si puedo pensar en mi familia”, sí, Dios te la dio para que la cuides, no para que la instruyas. “Ah, puedo pensar en mi trabajo”, sí, con el límite de que no excedas más allá de lo que Dios tiene de espacio tu. “Puedo pensar en la iglesia”, sí, con el límite de que no excedan más allá de lo que Dios representa en tu vida. “Puedo distraerme un rato, pensar, no sé, un fifazo, una coca, un partidito”, sí, sí puedes, mientras no ofendas a Dios. Si a ti el ver un partido completo te provoca estar recordándole al árbitro su progenitora, No lo veas. Si a ti, amada hermana, el ver una telenovela te provoca decir, «Ay, ojalá mi marido me tratara así, ya no me ama.» No lo hagas. No la veas. ¿Por qué? Porque en cuanto llegue el marido, «¿Qué onda? ¿Qué te hice? ¿Qué te debo? Estábamos bien en la mañana”. “¿No está mal salir con amigos?”, no. “¿Está mal cotorrear con la vecina?”, está bien, siempre y cuando no ofendas a Dios. ¿Cómo podría yo ofender a Dios?, despreciando lo que él te dio, haciendo a un lado el hecho de que todo lo que estás saliendo de tu boca, Dios lo está escuchando. Todo lo que estás pensando también, aunque no lo digas. Discúlpeme pero a veces los pensamientos se quedan aquí bien bonitos por días, meses, años y aquí se pudren. Tú no los hueles, pero Dios sí. Ya está podrido, en nuestra cabeza y en nuestro corazón. Repito, tú no lo hueles, pero Dios sí. Dios sabe que ya se pudrió, que nunca le entregaste ese pensamiento, que nunca le entregaste ese sentir tuyo, esa percepción tuya.

¿Todo lo que vemos, pensamos, oímos es verdad? Ni siquiera que usted lea la palabra tal cual y lo que piense con respecto a eso le asegura que sea verdad. No sé si sabía eso, pero a veces la gente malinterpreta la Biblia solo porque permitió que su pensamiento lo llevara a otro lado. Y sacan un texto de en contexto y lo convierte en pretexto. ¿Por qué? Estaba leyendo la Biblia. Sí, pero había Dios ni en la mente ni en el corazón. “Si aquí dice que Dios va a derribar mis enemigos, entonces va a derribar a mi esposa. Porque mi esposa se ha convertido en mi enemiga” La Biblia dice que tu esposa es parte de ti, son la misma carne, pero aquí había un pensamiento que no venía de Dios, aunque estaban leyendo la Biblia. Todos nuestros pensamientos deben ir cautivos a la obediencia a Cristo.

4 porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, 5 derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, 6 y estando prontos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta.

2 Corintios 10:4-6

¿Qué quiere decir? “Señor, ¿lo que estoy pensando es correcto?, Señor, mi marido llegó y está de un humor muy intenso. ¿Yo hice algo, fui yo?”, vas y preguntas, Dios te dice ” No fuiste tú. Tuvo un día terrible en el trabajo. Sopórtalo”. “Señor, mi esposa ni me habla. Despertamos y me vio feo. Se levantó de la cama. Ni hola me dijo, ya me dejó aquí. Ni lunch me puso para la chamba”. ¿Me voy a enojar. Ya le voy a gritar? “Dios, ¿ahora qué hice?”No, hijo, no hiciste nada, su cuerpo se la está pasando mal, hoy es uno de esos días”. “Ah, señor, cierto, perdón, ya le voy a dar su espacio¿,” Tan sencillo como preguntarle al Señor, no fácil, porque requiere tiempo, requiere que te esperes a escuchar la respuesta.

¿Qué tiene que ver esto? Sencillo. La santidad son pequeñas decisiones a lo largo de tu vida o decisiones que tú crees que son pequeñas, pero que tienen consecuencias muy grandes. La santidad se vive, no se coloca aquí ni aquí. La santidad es una forma en la que tú te conduces y no puedes vivir así si no tienes a Dios y no puedes tener a Dios si no quieres renunciar a lo que tienes hoy en ti pudriéndose. ¿Quieres santidad? Renuncia a ti, porque vas a tener una recompensa y Dios te lo dice hoy a ti, directamente.

25 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. 26 Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?

Mateo 16:25-26

Tendrás una vida mejor si lo crees, si lo quieres. Aquí nadie te va a obligar, ni afuera tampoco, nadie te puede obligar. Es una relación entre tú con Dios. ¿Quieres Dios en tu vida?, sé santo. ¿Quieres santidad? Renuncia a ti. Lo que te tengo es una noticia. Lo que creías que eras tú no eres el verdadero tú. Tu te paras frente a un espejo y dices yo soy así, así, así… Puedo pensar que soy muy mala persona. Puedo pensar que soy la mejor persona del universo y ninguna de las dos es correcta. ¿Sabes cuál es el único espejo a través del cual puedes ver quién eres realmente? Los ojos de Dios. Y Él te va a decir, «Hijo, no eres el gusano de Jacob, pero tampoco eres la octava maravilla que tu mamá te dijo de niño que eres. No lo eres. Tú eres una persona que a veces por miedo no hacen las cosas. Tú eres una persona que necesita depender más de mí. Tú eres una persona que necesita entender que el control de las cosas la tengo yo y que cuando tú me diste tu vida, yo decido. Tú eres una persona que necesita pasar más tiempo conmigo. Tú eres una persona que comete errores, que lastima a las personas y a veces lo hace con toda intención. No eres buena, pero así como eres, te amo y te quiero perfeccionar”.

Ese ese es el reflejo al que debes escuchar. Ese es el reflejo al que debes poner la atención. ¿Por qué? Porque te va a ayudar a ser mejor. ¿Ser mejor según quién? Dios. ¿Acaso necesitas una mejor opinión que eso? Él te dio la vida, Él te armó así, gordito, cachetón, medio calvo. Así te hizo. Él te armó. Él sabe perfectamente bien lo que hiciste hace 50 años, lo que hiciste hace 10 minutos y lo que tienes planeado hacer dentro de 3 horas. Él lo sabe. Dime tú, con todo este conocimiento de ti y de tu familia, ¿no será bueno pedirle su opinión? porque le pedimos opinión a todo el mundo. Tenemos un problema y vamos con el compadre. Tenemos un problema y vamos con mamá. Tenemos un problema, vamos y le preguntamos al pastor. Tenemos un problema y vamos y le preguntamos al hermano. ¿Y Dios cuándo? ¿A qué hora? Y Dios regaña, porque yo también lo he hecho, es muy fácil, queremos una respuesta inmediata porque ya tengo el problema aquí, no nos tomamos cinco minutos para preguntarle a Dios, ¿qué hacemos? ¿Qué hago? Porque la vida de mi familia depende de esta decisión que voy a tomar y la tengo que tomar ya. Cinco minutos. “es que ya fui y , oré y no me contesta”. Si tu mamá no te contesta la primera llamada, le vuelves a llamar, ¿no?, si te urge, si a ti te urge una respuesta de parte de Dios, insiste hasta que las rodillas ya no te den para más.

Resumen, queremos santidad porque todos queremos bendiciones. Queremos que Dios nos bendiga en el trabajo. Queremos que Dios nos haga sentir amados. Queremos que Dios nos haga sentir protegidos y cuidados. Queremos que Dios tenga consideración de mi petición. ¿Y para cuando le pedimos santidad?, le pedimos de todo, ¿no? Le pedimos más amor, le pedimos más gozo, le pedimos más misericordia, le pedimos de todo. Pero siendo honestos, ¿cuando le pedimos santidad?, al contrario, nos justificamos algunas veces. “yo hice esto porque tú sabes” y así de irreverente la situación también. “Señor, tú sabes por qué lo hicieron. Tú conoces mi necesidad, tú sabías que si él me provocaba, yo le iba a contestar, Señor, tú me hiciste así con este carácter”.

No hay justificación, no hay. ¿Tú crees que cuando el Señor Jesucristo lo estaban latigueando, jalándole las barbas, julándose de Él, no había un motivo para perder la cabeza? Yo creo que por el 1% de lo que le hicieron el Señor Jesucristo, muchos ya habríamos perdido totalmente el testimonio, pero Él no. Ejemplos si nos puso. Hay infinidad de ejemplos en la vida. La pregunta siempre resulta ser hacer, ¿qué es lo que quieres hacer tú?, porque a lo mejor mi amiga de la iglesia va a decir que sí, pero no porque ella diga que sí, yo también. O al revés, no porque ella diga que no, yo también. Y al final el que sigue viviendo tu vida tiene de dos, eres tú o es Dios. El que va a vivir con las consecuencias eres tú, sean buenas o sea, sean malas. Lo malo es que cuando también te haces adulto, tus consecuencias alcanzan a otras pequeñas personas y a otras personas de tu edad y otras personas que dependen de ti.

La decisión es nuestra, nadie la va a tomar por nosotros. Queremos santidad, leamos la palabra, meditemos en Dios, esa palabra que la leamos. Dejemos de una vez por todas la música. La música entra directo a tu alma, ni siquiera pasa por tu cuerpo, por decirlo de alguna manera. Entra directito, así, derechito. Todo lo que tú oyes afecta directamente la vida que vives. ¿No me crees? Analízalo. ¿Cómo se comporta tu amigo que escucha puro rock? ¿Cómo se comporta tu amigo que escucha pura salsa? Chécalo tú. ¿No me crees? Analízalo. Lo que escuchas entra directito. Ahora, ¿qué escuchamos? ¿Alabanzas? o ¿cinco alabanzas y cinco cumbias?, por decir un género. Eso también afecta cómo piensas, qué sientes y cómo percibes las cosas, qué leemos, solo las noticias y nos hacemos fatalistas o conspiranoicos o nos alimentamos también de la palabra. No digo que seamos herméticos y no leamos las noticias, no, pero entendémoslas con ayuda del Señor. Y recordemos que también los medios buscan la noticia que vende, no la importante.

Todo lo que entre en ti, cuerpo, alma y espíritu, no lo dejes pasar si no viene de Dios. Que llegó mi marido enojado y me insultó, no pasa, no pasa. En ese momento yo digo, “Dios, yo no soy eso. Ayúdame a calmarme para que yo también pueda entender que está pasando y actuar como tú quieres que actúe”. Detenlo en ese momento. Y no digo, «Agárrate cachetadas a tu marido”, oponte a gritarlo y regrésale una peor.» No, detenlo en la sabiduría de Dios. Que “voy en el camión y ya pusieron la cumbia de hace 20 años que me encantaba bailar”, No escuches, hay audífonos al alcance de todos, o sin audífonos que sea de testimonio para los que vienen el camión también, una alabanza. Que ese niño ya me volvió a sacar de quicio, ponlo en manos de Dios. “Hijo, vamos a hacer lo que dice la Biblia, ni tu ni yo, aquí en estacasa nos regimos por la Biblia. Y lo que dice la Biblia es lo que se hace”. Y yo también pongo el ejemplo y me pongo a leer porque si no sé qué dice la Biblia al respecto, pues cómo corrijo a mi hijo, ¿no?

Todo esto es santidad, pequeñas cosas, pequeñas decisiones que tú vas tomando a lo largo de tu día, a lo largo de tu semana, te hace persona más acercada a Dios. Es decir, santo. La santidad se resume en ser apartado para Dios. Una persona que se aparta del mal y se dedica a servir, escuchar y amar a Dios.

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