Jacob lucha con el ángel en Peniel

Transcripción de la prédica del 18 de enero 2026

4 Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado. 2 Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron.

Hebreos 4:1-2

11 Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia. 12 Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. 13 Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.

Hebreos 4:11-13

Pues miren, hermanos, esta palabra del Señor llegó de una manera muy divertida, pero en un tema teológico es una sensación muy profunda. Mi hermano Jehiel se dedica a orar en este lugar todos los días, y a mí también me gusta estar en oración. Cuando yo hablaba con el Señor, estaba leyendo el libro de Génesis, y me hablaba de una persona en particular, del libro de Génesis, y me hacía entender algunas cosas importantes. Y yo le le decía al Señor: «Bueno, ¿cuál es el fin? ¿Cuál es el propósito? Señor, si lo entiendo, si veo lo que me dices, pero no lo entiendo». Y ese día en la noche llega Jehiel y me dice: «¿qué crees? Dios me dio ésta palabra, Hebreos 4. “El Señor respondió a través de este pasaje ti mis dudas.

Y es algo hermoso cuando el Señor nos une de esta manera para que la Iglesia sea fortalecida, la Iglesia aprenda, y en muchas ocasiones, la Iglesia sea advertida de lo que puede pasar.

Ésta palabra es de advertencia, y si yo me quedo aquí en Hebreos 4, hermanos, tenemos muchas cosas que meditar. Dice: «No sea que permaneciendo en la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberla alcanzado»

Muchas veces los cristianos debatimos: ¿hay salvación, no hay salvación? ¿Qué es la salvación? ¿Se pierde o no la salvación? Y creo que en este punto, cuando la palabra del Señor dice que la palabra es profunda y penetra hasta a partir del alma, es porque discierne la intención de mi corazón. Si yo soy salvo, mi mayor meta o mi mayor objetivo en la vida es servir, honrar y someterme a Dios. Pero cuando ya me empiezo a buscar, es que la salvación no se pierde. Muchas veces no es por un tema teológico, es por un tema moral de: yo quiero pecar. ¿Qué tanto es un pecadito? ¿Qué de malo tiene esto? ¿Qué de malo tiene lo otro? ¡Ah! Entonces, sí aparece, la salvación no se pierde. ¿Por qué? Porque, porque aunque yo pequé, sigo siendo salvo.…

Y esa es la verdadera palabra. Cuando entra al corazón y te dice: «No, mijo, no hablemos de salvación, hablemos de pecado. ¿Por qué quieres pecar?» «¡Ah! Es que mira, es que yo supongo, es que no tiene nada de malo». Sí tiene mucho de malo, porque es tu salvación, es tu eternidad, «¡Ay, pero Dios, un pecadito!» Y ahora resulta que nosotros le enseñamos a Dios qué es un pecadito y qué es un pecadote ¿Cómo, si él es el que determina qué es pecado y qué no es pecado? Se va a oír muy ridículo, pero es como quererle vender pan a Marinela. No le puedes decir a Dios que lo que tú haces es un pecadito y que no te lo tome en cuenta, o que es un pecadote y ya eres digno del infierno. Eso lo determina el Señor.

Y es ahí donde dice la palabra, que luego no aprovecha la bendición, que no aprovecha la promesa, porque somos desobedientes. Y eso es terrible, hermanos. Algunos dicen: «No, es que nosotros somos reyes, otros somos sacerdotes». «No, yo soy un, un siervo del Señor». «No, yo soy un hijo de luz». Hermanos, para Dios, que nos ve con tanto amor, solo hay dos: obedecemos o desobedecemos. “Es que Dios tiene sus consentidos”, no, no los tiene. En la realidad de Dios, en la cual somos sus hijos y le habla a los hijos de Dios, a la Iglesia, solo hay dos: obedeces o desobedeces, no hay vuelta de hoja.

Entonces, a los ojos de Dios, no podemos, estar justificándonos y tampoco lamentándonos. Lo que debemos hacer es ser obedientes e ir al Señor y decirle a Dios: «Júzgame tú»

Hay muchos pseudocristianos que dicen: «Es que no me pueden juzgar». Bueno, tienes razón, yo no te voy a juzgar, pero a la luz de la Biblia, lo que haces te juzga y te condena o te bendice. A la luz de la Biblia, perdóname, no soy yo. ¿Yo qué más te puedo decir? Pero cuando hablamos, hablamos de una relación de padre a hijo, el Padre, nuestro Dios, sí nos juzga, sí nos corrige, sí nos advierte.

Debatimos en que si Dios castiga o no. La Biblia, traducción Reina Valera 1960 literalmente dice que sí castiga, y otros decimos que no castiga, porque no nos gusta esa palabra. ¿Por qué no nos gusta esa palabra? Nos sentimos atacados, ofendidos. El problema es que queremos siempre encerrar a Dios como a nosotros, y Dios está por encima de nosotros.

Como padres, ¿usted que no castiga a sus hijos? ¿los corrije? y cuando no quieren la corrección, ¿qué hace? ¿Los deja hacer o sí los tiene que castigar? Dios no actúa de la misma manera que nosotros, ¡Imagínense una nalgadita del Señor! ya no podríamos caminar. Dios no castiga como efecto de un coraje o de un enojo. Dios castiga y corrige por el puro afecto de su amor, porque no quiere que tú y yo nos perdamos. Pero si no entiendes, y lo dice la Biblia, que para la mula, el burro y el necio… un varazo.

Como el gorrión en su vagar, y como la golondrina en su vuelo,

Así la maldición nunca vendrá sin causa.

3 El látigo para el caballo, el cabestro para el asno,

Y la vara para la espalda del necio.

4 Nunca respondas al necio de acuerdo con su necedad,

Para que no seas tú también como él.

Proverbios 26:2-4

Nos compara el Señor con un burro, y a veces es lo que le digas: «A tu hijo eres un burro». Sí, está feo, hermano, no se lo diga, pero a ver, ya le hablas en español, le hablas en inglés, le hablas en otra lengua, lo sancionas, lo disciplinas y no entiende, ¿qué tienes que hacer? ¿Por qué? Porque lo amas. Imagínate que tu hijo llegue borracho todos los días. ¿No lo amas lo suficiente? O dices: «Ay, hijo, tráete y nos ponemos, aquí, acabamos y amanecemos el día». Que tu hijo ande embarazando a una señorita, y luego a otra, y luego a otra, ¡ya lo tienes que corregir! Que tu hijo te falte el respeto.

Hermanos, es que no corregimos o no sancionamos por coraje, sino por amor. Y aquí Dios está llamando a la obediencia, pero nos llama a un entendimiento también de la palabra, porque la palabra penetra. «Hermano, es que yo no entiendo la Biblia». A ti no te está penetrando la palabra. ¿Por qué? Pregunta. A lo mejor no le das el lugar que la palabra se merece, a lo mejor menosprecias la palabra, a lo mejor tú dices «Esto no es palabra de Dios, es un manual de vida, es una guía, es una ayuda». Oí una vez a un pastor que sí me tuve que conflictuar con él, porque dice: «Es que la Biblia no da la voluntad de Dios, da las sugerencias divinas». No, hombre, no son sugerencias, es un mandato de Dios. “Es que no puedes decir eso”, pues sí lo digo, y tuvimos un conflicto muy, muy serio. Porque la Biblia no sugiere, no te dice: «Ándale, a ver si quieres». Dios está en su posición de Dios y te dice: «Debes hacer esto». Que tú digas: «Pues lo tomo como sugerencia», ese es tu problema. Pero lo que dice la palabra de Dios es por tu bien, por el bien de la humanidad, por el bien de todo lo creado, pero no lo queremos hacer, y eso nos hace desobedientes.

Entonces, hermano, si la palabra de Dios penetra en tu vida, estás en el camino correcto. Te puede gustar o no, pero si penetró la palabra, ¡gloria a Dios! Enójate, sí, pero ya penetró. Quiere decir que estás en el camino correcto, quiere decir que Dios te va a hacer entender, quiere decir que Dios te ve como hijo, quiere decir que Dios va a tener un trato contigo. Pero si de plano la palabra no te penetra, ¿de qué hablaron? Ya ni me acuerdo. ¿Pero vienes de la iglesia? Pues sí, pero ya ni me acuerdo. ¿Qué dijeron? Quién sabe. ¿Cuál fue el texto? Quién sabe. Y peor aún, Oye, ¿eso no te enseñaron? Pues ya ni me acuerdo qué me dijeron.

Yo sí entiendo perfectamente, y ya a ciertas edades, que la memoria ya no se vuelve tan brillante como antes. Nos acordamos de las promesas de Dios. No, es que Dios dice. Pero cuando la palabra dice: «No hagas…» “Es que eso no lo leí, pastor, esa sí no me acuerdo”, ¿Cuándo lo predicaron? ¿Sí? Y así parece. Nada más agarramos lo que edifica, pero no lo que corrige.

Entonces, aquí el tema es que la palabra tiene que penetrarte, A lo mejor no de una forma tan intelectual. Hay hermanos que son intelectuales. La palabra llega a su cabeza, la razonan, se van al griego, se van al hebreo, se van a otras versiones, la asimilan y dicen: «¡Gloria a Dios!» Habremos otros que no, que nada más sentimos cómo Dios nos está diciendo: «Eres un pecador». Sí, la regué, Señor. Te están hablando de que eres desobediente. Sí, la verdad es que ayer la regué, perdóname. ¿Cuál fue el texto? No lo sé, pero me levanto diciendo: «No vuelvo a desobedecer», ¿sí? ¿Qué, quién predicó? No sé, pero cuando llegué al altar, Dios me hizo ver que me había equivocado. Ajá, está penetrando la palabra y eso es lo que debemos hacer.

Lo que Dios nos manda este año, la palabra te tiene que moldear, la palabra tiene que penetrar y transformarte. Es que, hermano, si me voy a la palabra, pierdo mi negocio, pierdo mi reputación, pierdo mi fama. ¡Gloria a Dios! Porque la misma palabra dice que el que quiere encontrar una vida, debe perder la que trae, y que la vida que Dios nos ofrece es mucho mejor que la que tienes, ¿Cómo le dice el apóstol Pedro? «Señor, nosotros hemos dejado todo por ti». ¿Y el Señor qué le dice? «Sí, sí lo han dejado y tienes tesoros, tienes vida, pero sobre todo, me tienes a mí».

Pero la verdad es, cuando la palabra penetra, nosotros entendemos. Si tú le preguntas hoy a una mujer: ¿te vas a someter a tu marido?, las que están casadas, ¿Por qué me voy a someter? Es que la Biblia dice… ¡No me importa lo que diga la Biblia! Machista es el Señor. A los hombres: ¿vas a amar a tu mujer? ¡Uy, hermano! Ni me lisa, ni me hace caso, hace lo que quiere, ¿cómo la voy a amar? Pero lo dice la Biblia. No, no, no, pues que se lo gane. Ahí es donde empezamos, en algo tan simple. A los hijos: honra a tu padre y a tu madre. Sí, siempre y cuando me den, me hagan esto. No, tú hónralos de todas maneras. No, si está de necio mi papá, ni le hago caso. Si me regaña mi mamá, ¡uf!, ni la escucho, ¿por qué los voy a honrar? ¿qué decimos los niños grandes? Ya estoy grande, ya soy mayor de edad, pero la Biblia lo dice. Ah, no quiero.

La palabra del Señor nos da la manera correcta de vivir, de tener una sana familia, sanidad interior, pero la hemos rebajado a meras sugerencias, la hemos rebajado a: «Pues es su opinión«, Y como no nos gusta, ya le preguntas a una feminista, Dios es machista, le preguntas a un hombre machista qué opina de lo que dice Dios y dice que no nos entiende, ¿Por qué? ¿Los hombres machistas cómo son? Groseros, altaneros, soberbios, a duras penas proveen. Y cuando Dios dice: «Ámalas como vaso más frágil», ¡ah! Pues es que Dios no tiene una mujer como la mía. Dios tiene, y perdonen, espero que nadie se ofenda, pero Dios tiene a la peor esposa que puede tener: a la Iglesia, a nosotros, Y todos pareciera que le hacemos berrinche, todos nos estamos quejando de lo que nos da, nos lamentamos por lo que no nos dio y nos enojamos con él porque nos está mandando. ¡Oh! Si así fuera tu esposa, ¿no? Dios tiene la peor esposa y de todos modos dice: «Yo me entrego a ella con tal de que sea una mujer, una esposa perfecta, de honra». Y allá los hombres no nos gusta.

Pero no es que no nos guste o no, es que así Dios lo está demandando, lo está indicando, nos está ordenando. ¿Por qué? Porque es lo mejor. Hermano, es que ya estoy cansado. Bueno, ¿cuántos años tienes de casado?, Veinte, diez, treinta, cuarenta, setenta… ¡El Señor lleva dos mil años con nosotros!

Entonces, amados hermanos, sí tenemos un ejemplo claro en Dios de qué es lo que quiere. Y la palabra del Señor nos pone una palabra fundamental en este texto y dice: «Temamos, temamos» Te puedes ir por cualquier lugar. ¿Debo tenerle miedo a la palabra? Mira, en una acepción del temor, si te da miedo, tienes razón, porque si no te da miedo irte al infierno, pues entonces, hermano, este, no sé qué clase de ser humano eres, porque en el infierno no hay paz, no hay gozo, es castigo, es tormento. ¿Debemos tenerle miedo al infierno? Pues hay algunos que sí le tenemos miedo al infierno. El año pasado, cuando explotó la, la pipa, fue un infierno chiquito. ¿Cuántos murieron? Se quemaron por dentro y por fuera. Multiplícalo por mil, ¡eso es el infierno! ¿Quieres ir? No, pues teme le ahí, hermano, teme le. Si no haces lo que te marca la palabra, hermano, te vas acercando para allá. ¡Ah, es que eso es radical! El infierno es lo que cada uno vive, sí, en esta tierra, y te toca el castigo divino también después, porque aquí ya ofendiste a muchos y por eso te va mal, por eso estás abandonado, por eso nadie te quiere, por eso nadie te cuida, porque aquí has ofendido a quien has querido, has maltratado, has sido violento. Por eso nadie está contigo. Pero a Dios también lo has ofendido, a Dios también has sido violento con él. Y después de este tu mini infierno, te toca el castigo con el Señor. Dios es amor. Sí, ven a él, ahí está. ¿Me va a perdonar? Sí, te va a perdonar, pero ven a él. Si no vienes a él, no deja de ser amor. Y eso es algo que a veces no entendemos, somos tan soberbios que decimos: «¡Ah!, es que él tiene que venir por mí, me tiene que rogar». No, ahí está el amor de Dios, ven a él. «No, no, no, no, es que él tiene que venir». Mira, ya vino por ti, pero no estabas. Vino hace dos mil años, dejó que le pegaran, murió en una cruz por amor a ti y ese amor, dos mil años después, te va a alcanzar. ¿Quieres? No. Tu decisión. Pero eso no lo hace menos amoroso a Dios, Dios es amor. Que vengas a él o no, es decisión personal, libre albedrío.

Entonces, cuando entendemos que la palabra nos lleva a temer, también nos lleva a temer a Dios, Hermano, ¿debemos tenerle miedo a Dios? Ahí sí te diría que no, ahí sí no. ¿Por qué? Porque Dios es amor. ¿Cómo vas a tenerle miedo a alguien que te está queriendo abrazar y te está queriendo bendecir? ¡Ah! Pero usted acaba de decir que hay un castigo. Sí, pero no es para ti. ¿El Señor creó el infierno para quién? Para los demonios, no para los hombres. Dios creó el infierno para los demonios, sus arcángeles, sus ángeles, para todos aquellos que se rebelaron en la eternidad. ¿Por qué te quieres ir para allá? Dios no creó el infierno para ti ni para mí. Dios es amor, no le temas. Es que no me gusta lo que dice. ¡Ah! Ya, ya empezamos, Es que no me agrada lo que él dice, es que yo no quiero un Dios así. ¡Híjole! Por eso hay tantas religiones, ¿verdad?… Nos gusta un Dios que nos permite el homosexualismo, nos gusta un Dios que nos permite el adulterio, nos gusta un Dios que nos cuide cuando vamos a robar, nos gusta un Dios que nos viste, que nos ayude a hacerle mal a alguien. Y por eso hay tantas religiones, la muerte, el Juditas, eh, los chinitos, a todos nos gusta un Dios a nuestro modo, ¿pero qué crees? Si lo haces a tu modo, ya no es Dios, es tu sirviente, es tu esclavo, es tu ídolo. Porque solo hay un Dios que se puso en el centro y dijo: «Yo soy el que soy». Quieras creerlo, amén. No quieras creerlo, tu decisión. Pero solo hay un Dios que se puso en el centro de todo y dijo: «Así quiero que sean las cosas».

Y dijo Dios: «Sea la luz», y fue la luz. Y vio Dios que era bueno. Y creó al hombre y a la mujer, y dijo Dios: «Esto es bueno». Lo de ahí que salga o que quiera sacar, o que quieras acomodar, es libre albedrío, es tu decisión. ¿Te va a juzgar el hombre? No puede, no hay hombre que te pueda juzgar. ¿Vas a entregarle cuentas a Dios? Sí, quieras o no.

Entonces, amados hermanos, temamos a Dios es una palabra de respeto, de dignidad, de amor. Todos hemos tenido jefes, todos, buenos y malos, y ahí entra el tema: ¿por qué catalogamos a unos jefes buenos y a otros malos? ¿qué es un buen jefe? Que te pagan a tiempo. Dos, que te da ciertas concesiones. Tres, que no está encima de ti, ¿sí? Cuatro, que a lo mejor tienes una relación de amistad o de compañerismo con él. ¡Ah, es un buen jefe! ¿Cuál es un mal jefe? Que te paga tarde, que te está todos los días, la debas o no, te está gritando, te está señalando, va y se enoja contigo, no te deja salir a comer, no respeta tus horarios, y podemos catalogar lo bueno y lo malo. Si yo te pregunto: ¿qué malo te ha hecho Dios? ¿Qué mal te ha hecho Dios? ¿Ponerte orden, exigirte, demandarte, cuidarte y decirte: «No te vayas por allá, no me gusta esto para ti», protegerte? ¿Lo ves como malo? ¿Qué mal te ha hecho Dios?

Entonces, ahí es donde uno sí, definitivamente teme a Dios, porque lo conoce. Pero “No puedes amar algo que no conoces». Cuando conocemos a Dios, hermanos, nos enamoramos de Dios. Nos enamoramos de Dios cuando lo conoces como Él es, Dios de amor, Dios de paz, Dios de gozo, Dios justo, Dios lleno de misericordia, pero también de corrección. Te enamoras, de verdad, llegas al punto donde dices: ¡Ah, híjole, por qué desperdicié tanto tiempo?

Cuando Dios se acerca a ti, lo primero que uno debe entender, pues es que no se lo merece. ¡Qué bueno hicimos! A todos nos han roto también el corazón, espero que no, pero a algunos sí nos han roto el corazón y decimos: ¿Qué hice mal, no? Le llevaba flores, le cantaba las mañanitas, este, pues la protegía ¿Y por qué me corta? Porque siempre hay una mejor opción. Y a, y a veces nos ha tocado romper el corazón. Pues es que sí me siento cómodo contigo, te ves bien bonita, es que sí me gusta platicar contigo, pero ay, ella baila más bonito. Y nosotros también rompemos el corazón. Cuando tú te acercas a Dios, lo maravilloso es que te repara el corazón, te sana el corazón, te pega el corazón y empiezas a amar a todos aquellos que están a tu alrededor, aun y a los que te hicieron daño. ¿Por qué? Porque Dios te llena de amor, y es tanto el amor que Dios te da, que no puedes andar por la vida con enojos, con coraje, con rencores. Tú perdonas y dices: «Dios, mientras no me quites tu amor, perdono a todos». Y Dios no solo te trae ositos, te hace un cielo bonito, te da salud, te invita a los tacos, te invita a la hamburguesa, te compra casa, te da una pareja que está contigo a pesar de tus equivocaciones, te da una familia. ¿Cuántas cosas no nos da el Señor? cosas, pero sobre todo, su presencia.

Hay algo maravilloso cuando tienes el amor de Dios: nunca jamás vuelves a estar solo. No te vuelven a abandonar en tu vida. Algunos de nosotros nos abandonaron nuestros papás, algunos el esposo o la esposa, algunos ya nos han abandonado los hijos. Cuando tú tienes a Dios, nunca más te vuelve a abandonar. Él se queda ahí, con tus corajes, con tus berrinches, con lo que quieras, pero Dios no te vuelve a abandonar. ¿Cómo no hemos de amar a Dios?

Entonces, la palabra temor para Dios es ese respeto, es ese amor, es esa grandeza que Dios tiene encima de ti. Lo respetas, lo amas, lo valoras, lo admiras. Dios se vuelve tu todo. Entonces, la palabra que aquí dice temamos es porque tenemos que temer que si amamos a Dios de esa manera y de cierta manera no me quiero ir al infierno, pues no me queda un camino más que el ser obediente.

Y ahora sí, quiero que vaya conmigo a Génesis.

22 Y se levantó aquella noche, y tomó sus dos mujeres, y sus dos siervas, y sus once hijos, y pasó el vado de Jaboc. 23 Los tomó, pues, e hizo pasar el arroyo a ellos y a todo lo que tenía. 24 Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. 25 Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba. 26 Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices. 27 Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. 28 Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel;[a] porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido. Mención29 Entonces Jacob le preguntó, y dijo: Declárame ahora tu nombre. Y el varón respondió: ¿Por qué me preguntas por mi nombre? Y lo bendijo allí. 30 Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel;[b] porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma. 31 Y cuando había pasado Peniel, le salió el sol; y cojeaba de su cadera.

Génesis 32:22-31

Hemos hablado de lo que dice el libro de los Hebreos, y me encantó esta historia de Jacob, porque puedo ver a un hombre, que si bien es cierto, no sabemos por qué empezó el pleito, dice que Jacob pasó, pasó a todos, de repente estaba solito y apareció un varón y se peleó con Él. ¿De qué manera? No lo sé, ¿Fue un no te dejo pasar? ¿Fue un a ver de parte de quién? ¿Fue que lucharon realmente como lucha grecorromana? No lo sé, y creo que solo Jacob lo sabe, obviamente, Dios también.

Pero, ¿qué, qué, qué muestra aquí Jacob? Algo maravilloso. Jacob muestra ese temor a Dios,¿Cómo temor a Dios si se le fue a pelear con él? Jacob no peleaba con Dios por enojo, porque no le gustaba la voluntad de Dios. Jacob peleaba por Dios por una bendición, por una bendición. Y le dijo: «No te suelto hasta que me bendigas». Y nosotros hemos perdido todo esto. Jacob peleó en la noche, hasta el amanecer. Vamos a exagerar un poquito, ¿ocho horas? ¿cinco horas? vamos a ponerle siete horas peleando con el varón. Por una bendición. ¿Cuánto tiempo peleas por tu salud en el altar? ¿Cuánto tiempo peleas por tu hogar en el altar? Uso la palabra pelear para tomar la similitud de Jacob, no porque vengamos aquí a pelearnos con Dios. A Dios se le viene a rogar y a suplicar, pero, ¿cuánto tiempo te pasas en el altar diciendo: «Dios, bendíceme, sáname»? A Dios le decimos: «Señor, son las nueve de la mañana, nueve y cinco debo estar sano, no me sanaste, me voy al doctor. Ya, no te voy a estar esperando hasta la hora que quieres«. Al Señor le decimos: «Dios, ya me llevo casado tres, cuatro años, ¿y qué crees? No cambias a mi mujer, no cambias a mi marido, hay muchos peces en el agua y tú nos dices la bendición de dar carta de divorcio. A nuestros hijos: «Es que es rebelde, es que es necio, es que es esto. Ya, Señor, lo entrego en tus manos, me voy«. Y la abandonamos a nuestros hijos

¿Por qué no peleamos una bendición como Jacob? Jacob sabía que este varón, lo que le dijera, iba a suceder. Si recordamos unos capítulos antes, Jacob iba a visitar a su hermano Esaú y tenía cierto miedo, cierta angustia, porque recordarán que Jacob lo suplantó y le robó, le quitó su bendición. Jacob no era una finísima persona, que si lo manipuló y que el otro aceptó venderle la primogenitura a cambio de lentejas, etcétera, etcétera. Jacob no debió hacerlo. Son hermanos. Jacob sí le quiso ver la cara a Esaú, aunque digan que no. Pero luego aparece la mamá y Jacob ni siquiera estaba enterado y le dice la mamá: «Oye, ya se va a morir tu papi y ya me quiere bendecir al otro, toma su lugar». Y le enseña a mentir, a manipular. ¡Ay, pobrecito Jacob! Es normal que el otro se estuviera enojado y le dijera: «Me quitaste mi derecho». Y Jacob puede decir: «No, tú lo perdiste, tú me lo cambiaste», un debate teológico y familiar de toda la vida.

Pero el tema es que Jacob no era una gran persona. Vemos que se va y que también a él le ven la cara, y le dan una mujer por otra y tiene que trabajar por otra. Pero Jacob no era alguien como que anduviera siempre en santidad y anduviera a la orden del Señor. Pero entendió algo: que aunque fuera como fuera él, Dios sigue siendo Dios. Y que el único que lo podía transformar, cambiar, bendecir o quitarle la vida era uno, Dios. Y eso es temor a Dios. Cuando tú dependes de Él y lo vas a ver por encima de tu pecado, por encima de tu tristeza, por encima de todo, aún de lo que piensas, vas y lo ves y le dices: «Hágase tu voluntad».

Y ese es el tema que a mí me impacta de Jacob. Lo que Dios había hecho con él penetró en su vida de una manera tal, que nunca, nunca olvidó lo que Dios era. «Yo soy el Dios de tu padre, de Abraham y de Isaac, y ahora soy tu Dios». Él ya había visto muchas cosas de Dios, y aun así, su amor, su temor, su fervor a Dios era tal, que decía: «No te suelto hasta que me bendigas»

Ustedes recordarán algo maravilloso en los evangelios. Cuando se acercan al huerto de Getsemaní y le dicen: «No, es que venimos a buscar a Jesús», se voltea bien tranquilo y les dice: «Yo soy». Y algunos de esos soldados, ¿qué pasa con ellos? Se caen, porque nadie puede estar delante del Dios hoy de pie. Y todavía dice Jesús: «Miren, ustedes no me quitan la vida, yo la pongo por amor a todos, porque si yo quisiera, le hablo ahorita a mi Padre y le digo: ‘Padre, mándame legiones’, y entonces, ¿qué pasaría con ustedes? Uy, los desbaratan». Y si tú te pones en el lugar, centrado en esta hora y dices: «Dios, ¿por qué no le hizo así a Jacob? ¿Por qué no de un, una palabra, no lo desbarató? ¿Por qué a Dios le plació luchar con él toda la noche. Y hermanos, hay muchas respuestas teológicas que tú puedas pensar. Yo quiero considerar una: porque Dios, y ahí sí lo voy a aplicar, le da las más grandes batallas a sus mejores guerreros.

Cuando Dios te prueba, cuando Dios te pone en ese lugar de dolor físico o espiritual, en ese lugar de prueba, en ese lugar de, quizá, como dicen hoy, del desierto, no es para matarte, no es para decir: «Si quiero, te destruyo». Es para que él y tú tengan una relación tan fuerte que nadie más te derribe, que la economía no te derribe, que la enfermedad no te derribe, que los problemas alrededor no te derriben. Pero tienes que estar peleando con Él en el mejor de los términos. Tienes que estar pasando con Él de la noche hasta el alba, diciéndole: «Bendíceme», y Él, síguele, Hay una imagen donde hay un ángel luchando con Jacob. Yo no sé si fue así o no, pero sí me da la certeza que pudo haber sido así. Jacob iba para un lado, iba para el otro y se le aventaba, y Él hacía más de: «Tranquilo, no me puedes ganar. No hay manera de que me ganes. Si yo digo: ‘Mueres’, mueres. Si yo mando a un arcángel como Miguel a que se pare aquí enfrente, no lo pasas. Pero quiero tener contigo una relación de poder, una relación de fe, una relación de victoria, una relación inquebrantable».

A nosotros nos derrota todo. Yo a veces por eso sí me enojo conmigo mismo cuando me dicen: «Es que estoy deprimido», y yo mismo digo: «En serio, no puedo ir al templo, es que me siento muy triste». ¿En serio? No, tú no le duras un minuto al Señor, ni diez minutos. ¿Por qué? Pues porque estás triste «No, hermano, es que ¿cómo voy a ir hasta allá?» «¡Pues a dónde vives?» «No, pues estoy como a una hora». Ay, hermano, ¿no le puedes dedicar al Señor una hora de ida y una hora de venida? Jacob peleó con Él toda la noche, hasta rayar el alba, por una bendición. Si yo te pregunto, hermano, del primero de enero al 18 de enero, ¿cuántas bendiciones Dios te ha dado? Un chorro. Estás aquí, que quiere decir que tienes vida, que tienes casa, que tienes trabajo, que tienes para comer, que tienes para el pasaje. Hermano, ¡gloria a Dios! Pero nos acostumbramos a este modo de vida, que ya no peleamos nada con él. Pues si el Señor quiere, que me llame a un ministerio. Pues si el Señor quiere, que el pastor profetice y me diga qué voy a hacer. Pues si Dios quiere… No, a ver, Dios quiere, ¿pero por qué no vienes? no a pelear, literalmente, no, sino a luchar por una bendición. «Hermano, es que Dios ya lo ganó todo en la cruz». Ay, hermano, otra vez volvemos al tema de la palabra, a justificarte, a decir: «Yo no quiero», a decir: «No me importa», pero ya agarro un texto fuera de contexto y lo uso de pretexto para no buscar a Dios de una manera real, total. Llamamos a las guardias de oración, ¿y cuántos hermanos vienen a las guardias de oración? ¡Pues es orar, es estar con Dios! Ay, Dios está en todo lugar, lo dice la Palabra. Otra vez, un texto fuera de contexto, usado de pretexto para no estar aquí a las plantas del Señor. Pro si nos aprieta el zapato, ah, queremos que Dios venga en el momento. Me duele la cabeza, Señor, ya sáname. Tengo un problema, alguien está en el hospital, sánalo ahorita, ¡y en el nombre de Jesús, declaro, y en el nombre de Jesús, arrebato! ¡Nada!, si ni conocemos el nombre de Jesús, ni lo conocemos, porque no estamos de rodillas ahí.

Jacob tuvo ese, ese temor a Dios y la palabra que había penetrado en él lo llevó a decir: «Yo no pierdo lo más valioso, que es al Señor». Y vuelvo a decir, yo no sé cómo empezó esta pelea, no lo sé, y creo que ningún humano lo podría decir, pero Jacob peleó con este varón por una bendición. Y hoy que el Señor nos llama a través de Dios a decir: «Tengan cuidado, porque teniendo ahí la promesa, quizá algunos no la van a alcanzar». ¿Por qué razón? Porque no estamos como Jacob, porque no estamos en como él, luchando todos los días por una bendición. Es más fácil decir: salvo una vez, salvo para siempre, que decir: vivo en santidad por honrar a Dios todos los días. Es más fácil decir: el Señor convirtió el agua en vino, a decir: en mi cuerpo no entra algo que me altere, algo que me dañe, algo que ofenda al Espíritu Santo que vive dentro de mí. Es más fácil decirle: pues Jesús, ¿para qué convirtió el agua en vino? Mal usamos, malinterpretamos la bendita palabra del Señor . Jacob no hizo eso.

Algo que a mí me sorprende de Jacob, el nombre de Jacob proviene del sustantivo hebreo correspondiente a “talón” y significa “él toma el talón” o “él engaña, suplanta” Entonces, imagínense, cuando uno llega delante de Dios, cuando Jacob le dice: bendíceme, le dice: ¿cómo te llamas? Para los cuates, el que miente, el usurpador, el que no tiene tanta buena imagen, y el Señor le dice: tranquilo, yo sé quién eres, pero ya no te llamarás así, sino ahora tu nombre será Israel. Dios, en esa bendición tan tremenda, ¡hasta el nombre le cambió! ¿Pero por qué le cambió el nombre? Porque en esa lucha ya le había cambiado el temperamento, ya le había cambiado el carácter, ya le había cambiado la visión, ¡ya le había transformado a ese hombre! Ya no iba a volver a mentir, ya no iba a volver a usurpar, ya no va a usar otra vez sus mañas para el mal. Ahora iba a ser el pueblo de Dios.

Por eso es que Dios a nosotros nos da un nuevo nombre, y lo vimos en las siete iglesias, todos en algún momento tendremos un nuevo nombre, pero cuando hoy Dios te llama: mi hijo eres tú, una, no se avergüenza, y dos, se lo toma tan en serio que quiere hacer de ti un gran hijo. Los que hemos tenido hijos, cuando nace el bebé, y lo tienes así, chiquitito, de días, de meses, no lo ves y le dices: ¡ay, hijito! De ti, no, hombre, te voy a hacer narcotraficante. Voy a hacer que te enredes y aprendas a, a disparar a los tres años, a robar a los siete años, y vas a ser delincuente… ¿No, verdad? Ninguno de nosotros agarra así a su bebé o le dice: a ver, mi niña, tú a los trece años vas a salir embarazada, vas a tener tres abortos, eh, vas a ser una mujer que, que no se deja de nadie, vas a ser violenta, no te voy a enseñar ni a bañarte para que seas un despojo humano. ¿No, verdad? Los ponemos bien monos, ¿Y qué dices? Que sea tu siervo, Dios, que estudie, que se prepare, que aprenda un instrumento, que practique un deporte. Empezamos a pensar lo mejor de nuestros hijos. Pero eso no se da porque lo dejes solo, ¿verdad? Lo tienes que acompañar, tienes que ser su ejemplo, tienes que invertirle, tienes que estar con él, lo tienes que levantar, también lo tienes que aterrizar de vez en cuando, y eso es un papá.

Cuando Dios hace esa transformación en Jacob, dice: ya no eres un usurpador, ya no eres alguien malo, ahora eres mi hijo, el padre de naciones, el nombre de mi pueblo. Donde dice: Dios gobierna. En una de las acepciones de la traducción de Israel es Dios gobierna, Dios dirige, ¿Se imaginan qué maravilloso? Todo cristiano quisiéramos eso. A mí cámbiame el nombre, dime mi hijo. Ah, pero te tengo que transformar. “Mis hijos no son berrinchudos”, Ah, ay, entonces no, y haces berrinche, “Mis hijos no son groseros” Ah, no es que tú no ves a la gente, me parece oye grosero y le digo hasta de grosero va a morir.

Entonces, hermanos, Dios transforma, ¿en dónde? En el altar, rogando una bendición, clamando por una bendición, poniendo a Dios en el lugar de Dios. Y ese mensaje, hermanos, es lo que Dios quiere para cada uno de nosotros. Este año luchemos por Dios, con Dios, que seamos transformados de tal manera por el poder de la palabra, que honremos a Dios con nuestra sola presencia.

Yo no sé si a ustedes les ha pasado, pero estamos en un convivio familiar, de amigos, y de repente llega alguien y decimos: ¡Ay, ya llegó este cuate! Híjole, ay, ahí te lo dejo y te alejas de él. Pero también hay personas que cuando llegan decimos: ¡Ay, sí, llegaste, qué padre! Vas, lo abrazas y un refresquito, un taquito, Nos da ese placer. ¿Cómo será cuando tú tengas la presencia de Dios? Definitivamente, mejor mamá, mejor papá, mejor hijo, mejor Empleado, mejor jefe, mejor vecino. ¿Por qué? Porque Dios es amor. Es que mi vecino es bien gruñón. Pues es que le faltaba Cristo.

Cuando Dios transforma, hasta nos caemos bien, ¿sí? Yo le he dicho a mi esposa: «Es la única razón por la cual yo te creo que soy guapo, porque Dios está en tu corazón y me ves bien. Pero si Dios no estuviera en tu corazón, híjole, ¿qué? ¿Dónde estaríamos, no?”

Entonces, aquí el tema, amados hermanos, es ese. Dejemos que la palabra de Dios nos penetre, pero luchemos por ella. Tenemos estudio los miércoles, ¿y quién se conecta? ¿A qué le damos prioridad? ¿Por qué no nos conectamos al estudio? No pude venir el domingo, está bien, está enfermito, se le complicó algo, pero no ven las grabaciones en youtube. Entonces, ¿sí tengo interés o no? ¿Si quiero que Dios me cambie o no?

Hermanos, es sumamente vital para ustedes y para mí que la palabra nos cambie. De eso depende nuestra eternidad, de eso depende la vida después de la muerte. Mi cuñado le decía a un compañero decía «Te mueres y te mueres. No hay vida después de la muerte y te acabas y ya», Y mi cuñado le decía: «Mira, yo estoy seguro que no, y tú estás seguro que sí. Imagínate esta escena: te mueres, no cambiaste, sigues siendo, eh, o haciendo lo que a Dios no le gusta y te absorbe el cosmos y a mí también. Yo fui un hombre fiel, fui un hombre trabajador y nos absorbe el cosmos, ¿qué pasa? Nada, solo te recordarán bien o te recordarán mal, no pasa nada. Pero si yo tengo razón y está el Creador después de la muerte, ¿qué vas a hacer? ¿Qué le vas a decir?» Y le decía mi cuñado a, a esta persona: «Es mucho el riesgo, porque ahí ya no puedes hacer nada. Y si tengo o no tengo razón, ya no es trascendente. Lo importante es que si hoy haces lo correcto a los ojos de un Dios ficticio, pero lo haces y te absorbe el cosmos, no pasa nada. La gente se va a acordar de ti con cariño, tus hijos van a ir al panteón a llevarte flores, tu mujer te va a ser fiel, no pasa nada. Pero si no fuera así, ¿qué crees? En esta vida no tienes lo que quieres, en esta vida estás padeciendo, ¿y en la que viene también».

Es una decisión muy lógica para todos nosotros, para muchas personas no, y se respeta. Pero el punto es, si hay una vida después de la muerte, como estamos seguros todos nosotros, ¿qué cuentas vas a entregar? El hecho de que la niegues no quiere decir que va a desaparecer, ¿sí? El principio legal dice que el desconocimiento de la regla no te exime de su cumplimiento. Es un derecho, es un principio básico del derecho legal. Entonces, si nosotros desconocemos a Dios y Dios existe, porque yo lo desconozca o lo rechace, no me exime de haberlo honrado a Él como el Señor.

Sea lo que tenga que ser, hermanos, pero el día de hoy sí quiero que se lleve en su corazón la actitud de Jacob. La actitud de Jacob fue luchar, fue buscar algo que él quería, una bendición. Y no le importó. Sus hijos se adelantaron, se fueron, él se quedó solo, pero él buscó lo que tenía que buscar, para él, para su familia y para que se cumpliera la profecía del Génesis tres quince: «En ti serán benditas todas las naciones»

Y hermanos, aquí estamos el día de hoy, por esa promesa, donde Dios dice que nos ama, que se cumplió y que el día de hoy tú y yo podemos gozar de todas las bendiciones del Señor. Pero no nada más estires la mano, no. Dobla tus rodillas y dile: «Dame una bendición». No lo confrontes con la palabra, decirle: «Es tu obligación, yo tú eres mi papá y ahora me bendices». Estás interpretando mal a Dios. Él es Dios. A Dios se le ruega, a Dios se le suplica. Si Jesucristo, siendo el Hijo de Dios, le decía: ¡Padre, si es posible! No fue a declararle, no fue a confesar, no fue a, este, a tomar, no fue a nada. Fue a suplicarle: si es posible…. y ese ejemplo lo debemos tomar para decirle a nuestro Papá: «Señor, si es posible, bendíceme, sáname. Para ti no hay imposibles, pero enséñame el para qué estoy pasando tal o cual cosa».

Entonces, hermanos, este año va a ser de ese conocimiento de la Palabra, va a ser de ese conocimiento de Dios, y es nuestro deber exponerlo, es nuestro deber tratar de que llegue de forma intelectual o al alma, pero la responsabilidad de venir al altar, de venir al Señor, es tuya, no es mía. Porque yo no te puedo obligar y yo no te puedo cambiar. El único que cambia es el Espíritu Santo. Entonces.

Te voy a invitar a que oremos al Señor y le digamos que se cumpla su propósito en este año. Yo sé que a lo mejor tú, por tradición o costumbre o por gusto, tienes tus propósitos, pero ahora Dios tiene un propósito contigo, que Él lo pueda cumplir en ti. Si te quiere levantar como su siervo, si te quiere perfeccionar, si quiere hacer algo maravilloso de ti, déjalo y ten esa actitud de Jacob. Ven por él, ven y dile: «Señor, hasta el nombre cámbiame, cámbiamelo. Ya no quiero ser el que se enoja, ya no quiero ser el gritón, ya no quiero ser el que queda mal con los hermanos, ya no quiero ser el irresponsable, ya no quiero ser el que llega tarde. Quiero ser un verdadero hijo tuyo, que te pueda honrar y te pueda agradar todos los días».