Transcripción de la prédica del 28 de septiembre 2025
Laodicea
12 Y el fuego encendido sobre el altar no se apag`ará, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana, y acomodará el holocausto sobre él, y quemará sobre él las grosuras de los sacrificios de paz. 13 El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará.
Levítico 6:12-13
Amados hermanos, en la oración inicial decíamos al Señor: «Permítenos ser calientes», «Que arda tu fuego sobre nosotros». Y este es el secreto para que el fuego de Dios arda en nosotros. Debemos de asumir nuestra responsabilidad y nuestro compromiso. La unción de Dios está ahí, el fuego de Dios está ahí, pero yo tengo que ir por él. Y es mi responsabilidad que el fuego de Dios no se apague. Y este mandamiento, esta enseñanza, pareciera que en la mayoría de nosotros es una opción. Si el fuego se tiene que prender es porque tengo un problema. Si el fuego se tiene que prender es porque hay una necesidad. Si el fuego se debe prender es porque quizá se haya desestabilizado algo y el mandamiento del Señor es: «El fuego arderá continuamente en el altar, no se apagará».
9 Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; 10 vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia.
Levítico 6:12-13
¿Han leído o han escuchado ese texto en Pedro donde dice que somos reyes y sacerdotes?. Y no se emocionan. Ay, soy rey y sacerdote, A lo mejor para los demás no soy nada, pero para Dios soy rey y sacerdote. Ah, pues también hay obligaciones, también hay deberes. Y como sacerdotes, es nuestro deber que el fuego del Señor no se apague. Tómate un minuto, respira y voltea a tu casa. ¿Hay fuego de Dios en tu casa? ¿Qué es el fuego de Dios? La paz de Dios, el amor de Dios, la palabra de Dios, el temor a Dios. Un hogar santo, un hogar, eh, con gozo, un hogar con fe, un hogar que lea la palabra, un hogar que ore en familia, un hogar que cuando uno entra dice: «Ay, de aquí soy».
¿Hay fuego de Dios en tu casa? ¿Hay fuego de Dios en tu vida? ¿Tienes paz? ¿Tienes fe? ¿Tienes gozo? ¿Viniste hoy al altar a adorar a Dios?, o una vez más «perdóname mi pecado que no puedo dejar, perdóname otra vez, volví a equivocarme una vez más». ¿A qué viniste al altar? «Ay, ¿es malo, venía a pedir perdón?». No, si no vienes aquí, no puedes ir a otro lado. Qué bueno que viniste. Gracias a Dios. Pero ¿hasta cuándo vamos a venir a adorar? ¿Hasta cuándo vamos a venir a traerle ofrenda al Señor? Y no hablo de dinero. Olvídense del dinero, a Dios no le importa el dinero. Ya les dije, ahí arriba no hay banco, no puede cambiarlo. ¿Cuándo le vas a traer ofrenda de labios, ofrenda de corazón, tu propia vida?
Dios es bueno todo el tiempo, pero como sacerdotes del Señor, es nuestro deber traer leña todos los días, todos los días, para que el fuego de Dios no se apague. «Es que, hermano, ni siquiera hay fuego». Pues córrele, ¡préndelo!
En el Evangelio dice que había diez mujeres, unas eran prudentes, y otras necias, Unas prendieron sus lámparas al oír al esposo, fuego de Dios. Las otras no las pudieron prender, ¿por qué?, no tenían aceite. Córrele, si en tu casa no hay fuego de Dios, si en tu vida no hay fuego de Dios, córrele, porque no sabes a la hora en el cual el marido ha de llegar y va a cerrar la puerta. Y ahí será el lloro y el crujir de dientes.
Hermanos, a eso venimos a este lugar, a tomar fuego para mí y para mi casa. «Es que mi esposo se enoja si oro», enciérrate en el baño. «Es que mis hijos me critican», miren, si son hijos menores de doce años, llévalos a orar. Trece, llévalos. Dieciséis, enséñales cómo se ora. Diles todo lo que Dios hace cuando tú oras. Muéstrales tu vida y diles: «Dios hace esto». Si ya no viven contigo, clama por ellos, por tus nietos, por tus hijos, por tu familia política. Clama. Pero debe haber fuego de Dios en tu casa. No solo lo prendas cuando necesitemos, ¿no? Una de esas ya no va a prender y va a ser demasiado tarde. Préndelo.
«Hermano, pequé». Pues préndelo con más ganas. «Es que hermano, yo peco toda la semana y el domingo vengo a arrepentirme». No, este lugar está abierto para que todos los días que peques vengas. «Hermano, no me va a sacar de aquí». Pues ya no pecarías. Ya no pecarías, hermano, gloria a Dios. Ya te ocupamos para ir a predicar, ya te ocupamos para visitar. Ya veremos qué hacemos contigo. Pero no puedes esperar cada ocho días para venir a arrepentirte. Tienes que arrepentirte inmediatamente que pecas, encender o dejar que no se apague el fuego de Dios. Y seguir compartiendo ese fuego.
No puedes dejar que el fuego de Dios se apague en tu casa ni en tu vida, o después nos vamos al mundo. Cuando tus hijos tengan diecisiete, dieciocho y sean rebeldes, sean necios y tu marido empiece a voltear para otro lado y tu mujer empiece a ofenderte y a menospreciarte más, y se rompa todo tu hogar y tus hijos caigan en drogas y se refugien en alcoholismo, tabaquismo y cuánta cosa hay hoy en día, no llores. Porque a lo mejor ahí ya no puedes prender el fuego. ¿Por qué? Porque durante veinte, diecisiete o los años que sean, nunca supiste prenderlo. ¡Hoy puedes prenderlo! y de la manera más bonita, con amor, con sabiduría, con entendimiento, sin correr por leña, sin correr por aceite, sin correr. Todavía puedes, hoy, mañana no lo sé. Y habrá otros que llegamos a este momento diciendo: «Hermano, si usted supiera que he corrido toda la semana…». Pues alcanza aquí el fuego, hijo, porque de otra manera te va a alcanzar y te va a destruir y te va a matar y no lo vas a poder arreglar.
Es tiempo, es tiempo de que el fuego de Dios esté prendido en tu vida y en tu altar, en tu casa, en ese altar familiar, en ese silloncito, en esa mesita, e-en ese banquito donde es exclusivo para orar. Otros tienen la bendición de tener un oratorio, yo tengo una bendición más grande, tengo el altar de Dios aquí, pero hay que usarlo, hay que orar, hay que decirle a Dios: «No importa si es un banquito, no importa si es una almohadita, no importa si es el altar, lo que importa es que tú estés aquí, que tú expandas tu presencia a mi hogar y al corazón de los que amo». Día y noche, porque el fuego del altar no se debe apagar.
El mensaje a Laodicea
14 Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto:
15 Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! 16 Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. 17 Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. 18 Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. 19 Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete. 20 He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. 21 Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. 22 El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.
Apocalipsis 3:14-22
La palabra del Señor hace un llamado muy importante a esta parte de que el Señor conoce de que debemos ser calientes, de que no debemos ser tibios, y que lo más importante para Dios es que nosotros entendamos delante de Él quiénes somos. Debemos ser honestos y decir: «Señor, yo soy frío, amo el pecado, me gusta pecar, no me dejo de nadie, me gusta la mentira, si voy a tu casa es para no pelear más, eh, a mí no me gusta que nadie me mande», etcétera… Y decir: «Y ni te temo, ni te conozco». Es más, si moriste en la cruz, pues gracias, pero yo no te lo pedí. Soy frío.
O reconocer que somos calientitos y seguir avanzando. «Señor, tú me has hablado, tú me has administrado tu palabra”. Es tiempo de compartir, es tiempo de invitar a otros a mi casa, es tiempo de abrir un lugar o un hogar para orar. Es tiempo de abrir, eh, mi hogar para enseñarle a otros. Es tiempo, es tiempo de que dejemos esas cosas del mundo, es tiempo de afanarnos por ti, de buscar, como dice el Evangelio, primeramente el Reino de Dios, es tiempo de soltar lo demás, y calientitos.
Pero los que son peligrosos, aún para Dios, son aquellos que dicen: «Ah, es que yo amo a Dios, pero también amo el pecado. Es que yo vengo a la casa de Dios para arrepentirme, pero saliendo, uy, vuelvo a lo mismo». Ellos son los peligrosos aún para Dios, porque los tibios son religiosos, son personas que no temen a Dios, no hay superior a Dios y siempre buscan el éxito del mundo, no tienen un compromiso espiritual y ahí es donde entra el temor.
Hermano, yo sé que tú y yo, todos, de verdad, sin excepción, quien tú me digas, somos tentados, y no somos tentados porque Dios quiera, sino porque son cosas de la carne. Cada uno es tentado, y dice Santiago, de acuerdo a su concupiscencia.
14 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. 15 Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.
Santiago 1:14-16
Habrá quien sea tentado en la vanidad, en la soberbia, en el miedo, en el libido, en la violencia… Cada uno es tentado de diferente manera, ¿sí? Pero cuando tenemos temor a Dios, luego, luego decimos: «No, Señor, no me dejes pecar, no me dejes pecar». Y no es que te deje o no, pero es un buen paso para tener temor a Dios, porque el que peca es voluntario. Dice Santiago que sí está la tentación, pero cuando el pecado entra a tu vida, ya hay una maldad en ti. Pero, cuando lo ejecutas, da a luz a la muerte. ¿Por qué muerte? Porque te separaste ya del Señor.
Muchos sí dejamos entrar el pecado, por ejemplo si un compañero de trabajo se acaba de comprar un carro y pensamos, “por que él si que es un pecador y yo no”. Te enojaste, te frustraste. Hasta le puedes reclamar a Dios. Dejamos entrar el pecado en nuestro hogar inmediatamente. Vamos a compra fruta y nos pesan el mal. ¿Y qué es lo que hace el hermano lleno del Espíritu Santo de Dios? «Me estás robando. Eso no se vale. Dios te va a castigar», ¡balanzas y pesas justas, dice el Señor! Si es un pecador el que tienes enfrente, ¿cómo va a tener temor a Dios? Lo que tú debes tener es amor para decirle: «Dios te bendiga».
Y cuando vas avanzando así en el camino del Señor, de repente llega un momento en que dices: «¿Y por qué? Es que no es justo» Y sí pasa. Dejamos entrar el pecado. Eso es dejar entrar el pecado. Por eso es que dice la Biblia que todos pecamos, porque sí dejamos entrar el pecado.
Somos varones y estamos en la calle y Satanás sí te pone cosas ahí que tú no quieres ver. También a las señoritas y a las mujeres, tampoco nos engañemos. Estamos comprando y de repente te pregunta alguien: «Oiga, joven, oiga». Ay… Y tú tienes que voltear A las señoritas a lo mejor no es tanto lo físico, pero la atención, «buenas tardes, damita. ¿En qué le puedo ayudar?» ¡Ay, ni en mi casa me tratan así! Dejamos entrar el pecado. Eso es natural. ¿Qué es, qué es lo malo? Cuando tú ya das a luz al pecado, y lo haces, entonces viene la muerte, que es la separación con Dios. ¿Cómo se da? En cualquiera de los casos, ofendes a Dios.
En los casos que comentamos, le reclamas a Dios: «Es que, ¿por qué? No se vale, yo me esfuerzo, y no tengo auto, ya no voy a diezmar, ya no voy a apoyar, mejor me compro mi carro». Ah, ya, estás muerto. Lo dice la palabra. El que da a luz el pecado se muere.
15 Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.
Santiago 1:15
El que ve a la chica y dice «no quiero ver, no quiero ver, pero ay, si mi mujer estuviera así… Voy a ver nada más cuál es su ropa para comprarle así a mi mujer» ¡No es cierto!, ya la codiciaste, ya adulteraste. Ya te la llevas en tu mente. Las damitas cuando las atienden así, igual: «Ah, claro, pues tú ni las gracias me das, pero no importa, hay alguien que ya me valora». Ya pecaste, ya diste a luz la muerte. Te urge venir y arrepentirte y decirle a Dios: «Perdóname» Así de sutil y de fácil pecamos.
Somos seres humanos, hermanos, no nos vamos a engañar. Lo que sí hace el cristiano es que en ese momento clama a Dios: «No voy a pecar, Señor, no voy a voltear… disculpe, buenas tardes, pero tengo cosas que hacer». Y te vas.
Te dice aquel, te ofende y tú dices: «Sí, pero Dios proveerá. Dios sabe lo que necesito. Dios hará. Y Señor, yo no fallo, yo te sigo honrando a ti y tú a su tiempo, dirás. A lo mejor no es el tiempo del carro. A lo mejor sí. Si es tu tiempo, lo darás tú»
Y cuando alguien te hable así, dices: «No. No, Señor. Yo dejo que mi marido me ame. Mi marido es lo principal, o mi esposa, y no voy a permitir que alguien más me confunda». Y cerramos la puerta. Ahí no mueres. Ahí demuestras el poder del espíritu que vive en ti, no permitiendo que el pecado avance y lo sacas en el nombre de Jesús. Y no vuelves a regresar con el que te habla bonito. Fácil. «Es que me queda mejor la carne». Ah, hermanos, hay carne en todos lados. «Es que es la mejor verdura, hermano». Ay, hermano, Vaya a un sobre ruedas y va a encontrar veinte puestos con demás.
Hermanos, el punto es no dejar que el pecado nos venza. Y ese es el problema de los tibios. Juegan con el pecado y juegan con Dios, o creen jugar con Dios, o creen jugar con el pecado, porque que no se nos olvide que Satanás está como león rugiente viendo a quién devora. Y cuando tú le das, como dice por ahí las abuelitas, la mano, te agarran hasta la pata. Así es el diablo. Y decía el otro día mi hija: «El pecado es como el hilo de media», así también es el pecado. Tú lo dejas y te va y ya empiezas a desvalorizar, ofender, enojarte con Dios, enojarte con todo el mundo, a frustrarte… Pero eso sí, vienes el domingo y alabas. Pero eso sí, vienes el domingo y estás aquí saludando. «Ay, Dios los bendiga, la paz del Señor, hermano». Esa es una gente tibia, hermano, que no teme a Dios, que no prende su fuego y que solamente coquetea con el pecado y que deja que el pecado lo seduzca, lo domine y lo mate.
Y eso es lo peor, porque vuelvo a decir, cuando eres frío tienes la necesidad de Dios y sabes que eres un pecador y sabes que necesitas algo. Cuando eres caliente te mantienes, pero cuando eres tibio dices: «Me basta venir a orar y decirle: ‘Señor, perdóname’. Y sigues con lo mismo». «Señor, ahí te encargo la semana». Y sigues con lo mismo. «Señor, no me tomes en cuenta esta falta». Sería bueno, ¿ah? Que pudiéramos decirle a Dios: «Esta no, esta sí. No, este adulterio no. Ay, estas mentiritas». Dios te toma en cuenta todo, hasta lo profundo del corazón. No le puedes decir: «Esta no me la tomes en cuenta». Esa gente es la que tiene que salir de nuestra vida. O somos fríos o somos calientes, porque a los tibios el Señor vomitará de su boca.
Y ahorita vamos a ver qué, qué impacto o qué tremendo es eso que el Señor te vomite. Pero, ¿qué pide Dios? ¿Qué desea el Señor Jesús? De las cosas que desea el Señor Jesús es que cambiemos, que nos dejemos de este juego engañoso de complacer al mundo y querer complacer a Jesús. El cristiano tibio tiene suficiente de Jesús para satisfacer el anhelo de la religión, pero no lo suficiente para la vida eterna.
20 Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.
Gálatas 2:20
14 Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.
Gálatas 6:14
Una vida de alguien calientito, de un cristiano. Ya no vivo yo. Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo, ¿en qué? En la fe del Hijo de Dios. Ya no vivo yo. Todo se encierra en esa frase: Ya no vivo yo. «Es que a mí me gustaba… ir al estadio». «Es que a mí me gustaba… ver chicas». «Es que a mí me gusta…» Ya no, ya no vives tú. ¿Quién vive? Jesús. Ya no vivo yo. ¿Eres caliente o eres frío? Ya no vivo yo.
14 Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.
Gálatas 6:14
Complementando el texto, yo estoy crucificado para el mundo. El mundo que no se meta conmigo, ¿por qué? Yo ya no le hago caso. Ojalá y fuera cierto. Y dice Pablo: «¿En dónde me glorio?» En la cruz, en lo que Dios hace. Pero nosotros nos gloriamos en si nos va bien, nos entristecemos si nos va mal, nos gloriamos en que todo el mundo me aplauda, me reconozca y nos entristecemos, si el mundo no me lo reconoce.
Pero, ¿por qué no nos gloriamos en predicarle a alguien? ¿Por qué no nos gloriamos en interceder por alguien? ¿Por qué no nos gloriamos en hacer un tríptico y compartirlo, en hacer una comida y predicar a través de una bendición real? En eso no nos gloriamos. Nos gloriamos cuando cambiamos de guardarropa, pero por la ropa nueva, no porque bendijiste a otros. Y eso sí lo he visto mucho: «Hermano, tengo ropa que me sobra». Que feo. ¿Es pa los hermanos o pa quien quiera? ¿Y no tienes algo que de verdad ames y nos quieres regalar? Hay gente como yo, ahí sí, que ya no le queda la ropa y la dejamos buena, porque subimos de peso y ya, la regalamos, pero cuando, hermano, de verdad cambias tu guardarropa y das lo que te sobra, híjole…
Yo sé que hay gente más necesitada que tú, pero creo que no es lo correcto en, en cuanto a tu corazón. Si quieres regalar ropa, compra ropa y dala con libertad. Pero lo que te sobra es como aquel que da ofrenda de lo que le sobra, da diezmo de lo que le sobra. Así no funciona, hermano, delante de Dios. A ti sí te funciona y te sientes cómodo. «Es que, hermano, yo bendije a otros». No, no los bendijiste. De lo que te sobraba, diste limosna, De lo que te sobra. Pero no fue con corazón alegre.
¿Qué desea el Señor Jesús? Esto está bien fuerte y bien bonito también. Judas era tibio, obviamente. Seguía a Jesús lo suficiente como para ser considerado discípulo, pero no entregó su corazón a Jesús para ser hijo. Judas fue de los que fue a predicar de dos en dos y vio la gloria de Dios, sí. Judas estuvo en la cena del Señor, sí. Cuando Jesús voltea y les dice: «¿Ustedes se quieren ir?», Judas no se fue, se quedó ahí. Judas tenía apariencia de discípulo, ¿y qué hizo Judas?, traicionó al Señor, lo vendió, le robaba la bolsa. Es más, hay un pasaje, Juan 13:26-28, donde Jesús voltea y le dice a Judas: «Lo que tengas que hacer, hazlo», ahí en la cena. Y dice que Satanás entró en Judas. ¡Y estaba a dos metros del Señor Jesús! A dos metros. ¿Y aun así se le metió el diablo? ¿Se dan cuenta la magnitud de la tibieza? Ahí estaba Judas, él era de los que llegó gozosos: «Ay, los demonios se nos atan, la gente sana». Y a dos metros se le metió el demonio. En la cara del Señor Jesús, Satanás lo poseyó. ¡Guau! ¿Cómo es posible? Es como si aquí alguien se nos poseyera ahorita. «Hermano, estamos en la iglesia, en el altar y aun así ¿Por qué? ¿Dónde está tu corazón? ¿Dónde está tu mente? ¿Dónde está? Si está en Dios, ¡no va a pasar jamás!, aún cuando pases por el valle de puro endemoniado, no va a pasar porque Dios va contigo. Pero en el templo, si tu mente está en otro lado, puede ser que ahí Satanás te posea.
Qué fuerte, pero ¿eso le pasa a quién, a los tibios. Al frío, no, el frío está feliz y Satanás ya para qué lo posee si hace lo que quiere, es su esclavo, ¿para qué? A los calientes jamás, porque Dios es fiel y Dios protege todo tu espíritu, alma y cuerpo y ser, lo protege. ¿A quién le pasa eso? Aguas con la tibieza. Ahí está Judas, sí. Entonces, aquí es donde hacemos otra vez la reflexión: si fueras frío, sentirías esa necesidad de Dios, pero como eres tibio, eh, no pasa nada.
75 Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente.
Mateo 26:75
Eso es un defecto que, que vuelvo a decir, nos pasa a todos. ¿Pecamos?, sí, pero, ¿qué hace el caliente? Llora amargamente y se arrepiente, y lucha por no volverlo a hacer, y se esfuerza por no volver a caer en el pecado. Pedro, ¿cómo estuvo? Devastado. «Yo negué al Señor». Y me lo dijo y aun así, lloró amargamente, se arrepintió, se lamentó y se levantó al punto que el Señor, el día del Pentecostés, lo levanta y a través del Espíritu Santo y de su vida, se convierte en un chorro de gente. ¿Por qué? Porque lloró amargamente, porque se arrepintió, porque volteó a ver a Cristo, porque no tenía cara para justificarse. Eso hacemos los calientes. Cuando pecamos y fallamos, volvemos inmediatamente al Señor. Nos lamentamos, lloramos y nos levantamos convencidos de no volverlo a hacer. ¿El tibio qué hace? Vende al Señor y se ahorca. Y ahí no hablo de que físicamente ustedes se ahorquen, pero: «Ay, ya, pequé, ya no voy al templo». «Ya pequé, Dios no me va a perdonar». «Ya pequé, ya estoy fuera de la gracia». «Ay, sí, ya pequé, pues ¿para qué sigo?» «No, pus ya no voy al templo». «No, pus ya no oro». «No, no, pues ya nada, porque ya pequé». Ustedes solitos se ahorcan. Porque le quitan el poder de la gracia y el perdón a Dios y se lo dan a su mente diciendo: «Ya no te puedes levantar». Y eso sí es tu cabeza y no el diablo engañándote una vez más. Si se ahorcan, «ya no me voy a levantar, ya no puedo». «Les que ya le fallé al Señor veinte veces». Pues veinte veces te ha perdonado para que te levantes. «No, es que una más ya no». ¿Y tú te haces juez? Cuando el juicio le pertenece a Jesús. Ve a él y pregúntale: «¿Me puedes perdonar una vez más?» Sí. Levántate. Si él te dice que no, entonces sí, ya no hagas nada, ya. Pero no vayas a tu mente o al diablo. Ve a Cristo y pregúntale: «¿Me puedes perdonar una vez más?» Te aseguro que él te va a decir: «¿Estás arrepentido?». «Sí, Señor, de verdad. Yo sé que te lo he dicho treinta veces, pero la treinta y uno, en serio, ya estoy ahora sí, arrepentido, ya. Ya no más». Y te perdonaría. Pero si no vas, te estás ahorcando a ti mismo.
La tibieza es tan agradable como la naturaleza humana. El frío nos hace temblar y el calor en algunas ocasiones nos causa dolor. Y los que hemos ido a Acapulco y no nos pusimos bronceador, sabemos que cuando nos quema el calor nos duele todo, ¿verdad? Pero el agua tibia a todos nos reconforta.
Entonces, el ser tibio es parte de la naturaleza humana. No nos debemos asustar. Lo que nos debe asustar es seguir creyendo en la naturaleza humana. Lo que nos debe mover es a ser calientes. Y dice: El mundo siempre está en paz con una Iglesia tibia. ¡Claro!, porque entonces los tibios no denuncian el pecado, ¿Qué hace una Iglesia tibia? Ahora estoy hablando de una Iglesia tibia. Queremos recibir aquí a los pecadores y no señalar el pecado. Amén. Hermanos, mientras diezmes, Dios te perdona el pecado. ¿Ah, sí? ¿No sabía que se pagaban por los pecados? Hermano, mientras tú te esfuerces en agradar al pastor, con eso el Señor te perdona. Mientras tú traigas tus posesiones al altar, el Señor te perdona, ¿Cuándo dice la Biblia eso? Pero hay iglesias que así.
Nos ha pasado, y eso es real, cuando alguien peca en la Iglesia y tú vas y le dices el pecado, ¿qué es lo primero que hace la persona? Se va, se ofende, te critica. Y no solo eso, te quema. Es que ahí son así… Es que allá, son asa… No vayas para allá. Gente tibia, que solo daña o intenta, porque Dios siempre saca a la luz la verdad. Pero intenta dañar y los únicos que se dañan son ellos mismos. Si a mí alguien me dice: «Hermano, ¿se equivocó?» Agacho la cara y digo: «Me equivoqué. Señor, ayúdame para no volverlo a hacer». Y te esfuerzas por no volverlo a hacer, cambias, ¿por qué?, porque es necesario. ¿Quién de aquí es perfecto? Quién de aquí es cien por ciento santo. Entonces, es normal que alguien nos tenga que corregir. ¿A quiénes? A todos. ¿A usted, pastor? Claro, por favor. Háganme lo saber. No me permitan la vanidad y la soberbia y la falsa humildad. No me lo permitan. Si me aman, no me lo permiten. Entonces, hermanos, no podemos seguir así.
2 No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.
Romanos 12:2
No os conforméis este siglo de pecado. A nosotros sí nos tocó ver esto, a lo bueno le llaman malo, a lo malo le llaman bueno. No hay valores, no hay respeto, no hay autoridad. No nos podemos conformar este siglo. Tenemos que cambiar nosotros para poder cambiar a nuestros hijos. Cuando tú dices a tu hijo: «Vete al templo», tienes la revelación divina de que está aquí, ojalá y sí. No es lo mismo mandar a tus hijos que traer a tus hijos. No es lo mismo a tus hijos exigirles que te exijas tú y les des testimonio. No es lo mismo. Entonces, ¿quieres el fuego de Dios en tu casa? Empieza por ti.
¿Qué quiere Jesús de nosotros? Lo veíamos en la parte histórica, el agua que llegaba a la ciudad de Laodicea era termal, era agua tibia. Entonces, el Señor aquí les demanda y les dice: «Así como el agua que bebes es asquerosamente tibia, pues tú eres tibio, y no eres frío ni caliente» En este sentido, el Señor toma la tibieza como la indiferencia y falta de compromiso. Entonces, aquí, hermanos, necesitamos comprender las palabras de Cristo: «Te vomitaré de mi boca». Todos los que hemos salido al centro a comprar, el súper, lo que sea, llegamos y los sanos quieren agua fría o tibia, Los pecadores queremos una coquita fría, pero quieres algo que te refresque. Si te ofrecieran un café calientito, no lo tomas. La primera vez que a mí me lo ofrecieron, yo estaba en Veracruz, hace ya muchos años y me dicen: «Tómate un café lechero». No, yo quiero una coca. No se te va a quitar la sed. Porque necesitas algo caliente para templar. Pues tú no lo sabes. Si tú quieres una coca fría, ya después de que te lo tomas, dices: «Oh, sí es cierto».
Pero es caliente o frío, pero nunca tibio, hermano. Nunca tibio. Lo tibio da asco. Entonces, Jesús aquí te dice: «Lo tibio sí me da asco».
23 Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.
Lucas 9:23
El secreto de este texto es: Tome su cruz, ¿cada cuándo? ¿Cada ocho días? ¿En cada día de culto? ¿Cada día que tengas necesidad? ¡No, todos los días! No hay vuelta de hoja. El que quiera, quiere seguirme, niéguese y tome su cruz todos los días. Es que yo quiero seguir a Jesús solo en campañas, quiero seguir a Jesús solo en actividades, quiero seguir a Jesús cada ocho días. No se puede. O sigues a Jesús veinticuatro siete, los trescientos sesenta y cinco días del año, o no lo sigues. Así de radical. Porque no puedes ser tibio. El que sigue a Jesús, sigue a Jesús y se acabó.
El que corre un maratón sabe que se tienes que cuidar, hay que tomar agua, hay que dormir bien y todos los días tienes que estar. Descansas dos días y le vuelves a pegar. ¿Cuántas horas al día? Dos o tres para acondicionamiento y le tienes que seguir. Y los que éramos viciosos hasta el vicio dejamos, con tal de alcanzar la meta, con tal de llegar. Y lo haces, te esfuerzas todos los días y la competencia puede durar tres, cuatro horas y tú te tuviste que preparar meses. Todos los días. Si llegas a la competencia real y no te preparaste, no llegas ni un kilómetro. Por más flaquito que estés, no llegas a un kilómetro. Y tienes que ir mejorando y mejorando y mejorando. Si amas un deporte.
Eso pasa, eso es real, eso es natural, hasta lo podemos entender. Ahora yo te digo cuánto tiempo tienes que estudiar para que al final llegues con tu cédula profesional y le digas a alguien: «Ahora sí soy licenciado». ¿Cuántos años estudia uno más o menos? Desde el kínder, doce, quince. Quince, un chorro de años, para que llegues con tu cédula, tu título y les digas: «Ya soy licenciado». Y te digan: «Ah, sí». Pero no tienes experiencia. Y luego vas a ganar poquito y te sientas aquí. Y otros tienen la experiencia y no tienen título. ¿Y qué les pasa a ellos? Pues no pueden. Termina la carrera: «Pues no tengo tiempo. ¿Me deja salir temprano? No».
Entonces, hermanos, todo implica un esfuerzo. Todo implica que todos los días te prepares, te capacites, te esfuerces, te levantes temprano todos los días. Imagínate que llegaras con tu jefe el día uno y dos del mes. «Ya vine a trabajar». Y te quedas veinticuatro horas y el cuatro y cinco le dices: «No, ya no vengo, ya me cansé, pero el 30 vengo para que me pagues el mes». ¿Qué te va a decir? Tres faltas consecutivas y te vas, ¿por qué? ¡Porque tienes que esforzar todos los días! No conozco trabajo donde te paguen por anticipado. Trabajas quince días y al final te pagan .Trabajas una semana y al final te pagan. Hay otros que son feos, ¿verdad? Trabajan una semana y no les pagan esa, trabajan la otra y les pagan media semana, trabajan la otra y ya les pagan, la tercera y los hacen bolas. Y ya no les pagan. Oigan, todos los días nos tenemos que esforzar. No puedes decir a tu jefe: «Ahí te encargo mi sueldo, pero hoy no voy». ¿Qué te va a decir? ? ¿»Descansa, mi vida, estás muy cansado»?
Entonces, hermanos, todos los días, todos los benditos días hay que esforzarse por Dios.
¿Cómo nos esforzaríamos por Dios todos los días? Teniendo una comunión con élorando, leyendo la palabra, mantiendo una integridad, una santidad, evitando todo lo que a él le desagrada, llevando a cabo sus mandamientos, servirle a Dios, hablarle a un hermano en situación difícil, intercediendo por alguien, bendiciendo a la gente que no ha comido. Siempre hay manera de honrar a Dios y de bendecir a otros. Ya cuando tengas treinta, cuarenta años haciendo lo mismo, ya te canses, le dices al Señor: «Llévame ya», ya sabrá Él si te lleva o no. Pero, hermano, luego ni nos esforzamos lo suficiente. «Es que ya me cansé». «¿De qué?». «Pues ya me cansé». A lo mejor nos cansamos de los afanes del día, pero no de buscar el reino de Dios y su justicia.
¿Qué desea el Señor Jesús? Esta parte es la que hacen todos los tibios, Tienen reuniones, pero pues no hay parte de Dios en su vida. Se contentan con que hagan algo decentemente, pero no dejan libertad al espíritu. La principal característica de los líderes es permanecerse quietos y no tener ningún tipo de exposición hacia Satanás.
23 Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres;
Colosenses 3:23
Todo para el Señor. Y eso todo lo hemos predicado y lo creemos. A Dios se le da lo mejor. Y retomamos a Caín y a Abel, Caín le trajo lo que quiso, Abel le trajo lo mejor. ¿Cuál ofrenda fue vista bien a los ojos de Dios? La de Abel. ¿Y qué le pasó a Abel? Lo mataron. O sea, que nos van a matar, hermano, no lo sé. Es asunto divino, pero tráele lo mejor al Señor. ¿Cuándo? Siempre. Tráele a Dios lo mejor siempre.
16 Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.
Apocalipsis 3:16
¿Cómo están las iglesias en la boca de Jesús? ¿Por qué decimos que Jesús está en nuestra boca o nosotros como Iglesia estamos en la boca de Jesús? Porque él nos hace en esta metáfora, somos su palabra, el mundo no conocería la palabra si la Iglesia no estuviera aquí, no podría. ¿Quiénes son los que evangelizan?, la Iglesia, los hijos del Señor, no denominaciones, no templos, la Iglesia. Por eso es que estamos en la boca del Señor, porque es a través de su palabra donde somos transformados. Y no me va a dejar mentir, todos los que estamos aquí, la mayoría, tuvimos que oír el evangelio de Cristo, pocos nacieron “cristianos”, y aun ellos tuvieron que oír el evangelio, tuvieron que arrepentirse y tuvieron que quitarse de la cabeza: «Es que yo soy cristiano porque nací en familia cristiana». Eres cristiano si te entregas a Cristo. Si no te entregas a Cristo, aunque tu papá es el pastor, te vas al infierno, punto. Y tuvieron que llorar y padecer y tener un encuentro con Dios, para poder ser salvos. No es por herencia, es por gracia de Dios.
Entonces, estamos en la boca del Señor porque anunciamos su palabra, y hay que difundir su palabra. ¿Por qué más estamos en su boca? Pues porque él constantemente está pidiendo por nosotros. No dice la palabra que no sabemos pedir.¿Y que el espíritu es quien intercede por nosotros? Estamos ahí, en su boca y en su corazón. Y ahí es donde entra lo feo, porque entonces, ¿te imaginas? El Señor va a expulsar y vomitar a los tibios.
Es algo tan fuerte y tan tremendo que hoy tú puedes oír del mismo Señor: «Te amo, te perdono, te restauro, te ayudo, no temas». Puedes oírlo ahorita, pero en aquella hora oirás: «Apártate de mí, hacedor de maldad». Te va a vomitar de su boca. Qué triste. Sobre todo, hoy tenemos el poder de Dios en nosotros. En su nombre se hacen milagros y sí hay milagros. En su nombre se recibe el Espíritu Santo. Sí, hay bautismo con Espíritu Santo. En su nombre, los enfermos son sanados.
Hoy podemos recibir todo esto de la boca del Señor. Que no recibamos ninguno de nosotros, “apártate de mí” Como niños, ¿algún día tu papá te dijo: «Oye, vete para allá»? A mí, sí. Muchas veces. Me acostumbré. Pero de las primeras, yo, yo no sabía que tenía corazón hasta que me dolió aquí algo, Y no hablo de un infarto, hablo cuando te decían: «Es que a ti no te quiero». Pues, ¿por qué no me quiere? Sí soy latoso, soy chaparrito, a lo mejor como mucho, pero, ¿por qué no me quiere?
Todos hemos sufrido eso por un papá, una mamá, un abuelo, una decepción amorosa. ¿Sabes que tienes corazón? Porque sientes cómo se te mueve. ¿Sí? ¿Te imaginas oírme el amor de tu vida, del Señor: «Apártate de mí»? No, yo no quiero. No lo provoquemos. Vayamos a él. Seamos calentitos, porque a los tibios vomitará, expulsará, rechazará, no solo de su boca, sino de su presencia. No provoquemos a Dios, porque eso no depende de Dios, eso depende hoy de mí, de ustedes, de cada uno de nosotros. «Yo no quiero eso». Pues no te vayas por allá. Regresa a Cristo. «Es que yo sí quiero que me lo diga». Bueno, allá tú. No sabes ni lo que dices. Haz como ahorita ustedes mismos lo dijeron, ten una comunión con Dios, levántate, ora, ayuna, alaba, encomienda al Señor tus actividades, encomienda al Señor tus hijos, ora con tus hijos antes de la escuela, pídele al Señor su protección, que guarde tu entrar, tu salir, regresan y agradezcan a Dios por lo que les dio. Y si en el Señor bendicen a alguien, bendice, bendigan, den del lounch de su hijo a otro niño, denle a la que no tiene que comer, extiendan su mano, intercedan por alguien, hagan una llamada a alguien que no vieron el domingo… Honremos a Dios. Porque a los tibios, a los que venimos cada domingo a calmar nuestros pecados o agarrar fuerza para pecar nuevamente el lunes y el martes, los expulsará de su presencia.
Qué horrible, qué terrible. Pero no es del Señor. ¿Dios quiere eso? No. Nos está diciendo esto para que no lo provoquemos, para que no caigamos, para que seamos calientes. No para esto. Dios no es malo. Dios es tan bueno que nos está advirtiendo a tiempo. Pero la decisión es de cada uno de nosotros.
«Porque tú dices: ‘Yo soy rico y me he enriquecido y de ninguna cosa tengo necesidad’. Y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo». Qué feo. A mí me encantaba más la otra parte de: «Conozco tus obras y te reconozco que te esfuerzas». Oye, qué feo es esto. De verdad. Pero hay veces que Dios nos lo tiene que decir así. «Es que, Señor, ya predicamos». «Es que, Señor, ya hicimos». «Es que, Señor, tú sabes». Tú sabes y tan lo conoces que por eso me dices: «Oye, eres un desventurado, eres un miserable, eres pobre, ciego y desnudo». Qué tremendas acusaciones de parte del Señor a una iglesia que decía ser rica. A la Iglesia. Aquí no le habla al mundo, aquí no le habla a la ciudad de Laodisea. Aquí le está hablando a la Iglesia. Una Iglesia totalmente engañada. Una Iglesia totalmente soberbia, una iglesia totalmente… Y aún así con el nuevo evangelio light, moralmente correcta. Pero sin nada del Señor en su vida, absolutamente nada del Señor.
La Iglesia se decía que era rica y sustentable todo. Pero dice el Señor,.
3 Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Mateo 5:3
¿Cuál es un problema real de las iglesias? Que nos comparamos con quien no debemos compararnos, «Es que, hermano, en esta iglesia sí se evangeliza, y en esta no. Somos mejores». No es cierto. «Hermano, es que en esta iglesia sí hay niños y hay en muchas otras que no hay niños». ¿Y eso nos hace mejores? Con el único que nos debamos comparar es con Jesús. Señor, ¿estamos haciendo tu voluntad? Sí. Ahí sí, gózate, regocíjate, porque estamos en el camino correcto. Pero si nosotros a nosotros mismos nos juzgamos comparándonos con alguien más, vamos a caer en ese error.
Ésta iglesia miró su condición espiritual y se dijeron: «Somos ricos». Miraron obviamente sus posesiones y se dijeron: «Somos ricos, no tenemos necesidad de nada». Pusieron su confianza en la prosperidad material y perdieron el sentido de la necesidad. Por eso este texto es maravilloso. Nosotros todos los días debemos reconocer que sí necesitamos a Cristo. Todos los días. ¿Queremos un plan espiritual?, preguntémosle a Dios. ¿Qué tema se le van a dar a la iglesia?, preguntémosle a Dios. ¿Queremos grupos?, preguntémosle a Dios. ¿Queremos instrumentos musicales?, preguntémosle al Señor. ¿Vamos a evangelizar?, preguntémosle a Dios. Todo hay que considerar a Dios. No debemos ser sabios en nuestra propia opinión ni por experiencia, sino todos los días debemos someternos a la autoridad de Cristo. La pobreza espiritual existe porque Dios es quien nos va dando todos los días de comer. Cuando la pobreza es satisfecha por otro tipo de cosas, hermanos, hemos sacado a Cristo de su lugar.
Hermanos, de acuerdo al Evangelio de Mateo, somos pobres espiritualmente. ¿Por qué? Porque reconocemos la necesidad de Dios. Nada más nos satisface, nada más nos llena solo la bendita presencia de Dios. Entonces, bienaventurados somos. Bienaventurados somos y no debemos cambiar jamás eso. Que si Dios nos da mucho, gloria a Dios. Si Dios nos lo quita, gloria a Dios.
Voy a comentar algo al margen. Estaba haciendo el rol del trimestre y vi un archivo del 2015, hace diez años. Y la verdad, lloré un poco, porque vi que teníamos en ese 2015, setenta personas. Setenta. Y al hacer cuenta uno por uno, cincuenta y dos ya no están aquí y no están con el Señor. Cincuenta y dos almas que durante diez años están sin Cristo y no hay manera de ir por ellos. Porque por más que se les invitó, se les buscó, se les insistió durante años, decidieron dejar al Señor. De esas cincuenta y dos almas, Dios bautizó con Espíritu Santo a siete. Sí había Dios. Sanó a más de quince con milagros reales. Sí había Dios. Y entonces, la tibieza de su corazón. Qué triste. Y hoy podemos no irnos a diez años, al año pasado. Los que se bautizaron el año pasado, ¿dónde están?, ¿por qué no están? ¿Qué más puedes hacer? Clamar por ellos. Porque si Cristo viene, no se van. ¿Pero puedes llamarle por teléfono? Llámale, a lo mejor tú eres el camino para que ellos vuelvan. ¿Puedes ir a visitarles? Visítales. Puedes ser tú el mensajero de Dios para que ellos se acerquen. Pero hermanos, ellos llenaron su pobreza espiritual con los placeres, con el engaño del diablo, con bienes materiales, hasta con odio llenaron esa pobreza espiritual. Y hoy Cristo, por más que toque a su corazón, no le están abriendo.
La causa de Cristo ha sido más dañada por los tibios que por los publicanos y los pecadores. Y aquí dice el Evangelio de Lucas algo bien bonito que me encantó. Es la historia del chaparrito, del buen Zaqueo. Y dice que Zaqueo anhelaba ver a Jesús y no lo veía porque estaba chaparrito, y se subió a un árbol, el sicómoro es un árbol. Y ve al Señor. Y en cuanto lo ve al Señor, ¿qué hace Zaqueo? Se enamora del Señor. «Señor, aquí estoy», y le dice: «Qué bueno que te veo, Zaqueo», No sé si fue irónico, así: «Ah, estabas chaparrito y no te veías». «Pero voy a ir a tu casa… ¿Puedo ir?» «Claro, Señor». Y cuando Cristo le habla, Jesús le habla a Zaqueo, ¿qué dice Zaqueo? «Yo soy un pecador y reconozco que he dañado a mis hermanos. Pero porque tú estás aquí y me has hecho entender, reparo mi daño». Cinco veces. Una transformación total, un cambio radical. Si tú entendieras cómo Zaqueo tuvo tanto dinero. Pues porque le metía pellizcos a los impuestos, porque los defraudaba, porque les robaba, porque atacaba y ofendía a su propio pueblo, porque vendía a su pueblo con los romanos. No era una fina persona, era una mala persona. Y luego se encuentra con Cristo y, ¿qué hace? Un cambio radical. ¿Por qué acumulaba Zaqueo, por miedo, por avaricia, por lo que tú me digas. Pero se encuentra con Cristo y dice: «Esto está mal». Ahí está. «Pero mi alma se va contigo».
Un hombre, en un instante, le cambió la vida el Señor. Y yo te pregunto: ¿te has encontrado con Cristo de esta manera? La mayoría podemos decir «amén». Pero si no te has encontrado con Cristo de esta manera, súbete al sicómoro, métete entre la gente. ¿Se acuerdan de aquella mujer que estaba enferma de flujo de sangre? El Señor estaba apretadísimo, ahí los discípulos tratando de cubrirlo y lo aventaban y iba y venía. Y lo toca la señora. Y qué dice Jesús: «Alguien me ha tocado». «Por favor, Señor, venimos hace un kilómetro, casi, casi que estamos cargando porque todo el mundo nos avienta…» «Poder salió de mí». Si no te has encontrado con Jesús de esta manera para sanar o para transformar tu vida, aquí está en el altar. Ven, búscale, paga el precio, dobla tus rodillas y dile: «Aquí estoy, ya no quiero ser tibio, ya no quiero ser religioso, quiero ser tu hijo. Cámbiame, transfórmame»
Y es cierto, el Señor quita el pecado en un instante. A mí me quitó el alcoholismo y el tabaquismo en menos de dos minutos. Dos minutos le bastaron al Señor para limpiar ocho años de alcoholismo. Gracias a Dios. Dios puede cambiarlo todo, pero tienes que venir a él y rendirte a él, entregarle todo a él. Y Él lo hará, porque el Dios de Zaqueo fue el Dios que me sanó a mí y es el Dios que te puede liberar a ti. Es el mismo Dios.
El Señor Jesús miró sus almas y les dijo responde: «No es lo que tú te creas, no es lo que tú digas, es lo que yo veo», y le señala, y los veía y los veía varias veces y les iba encontrando más y más cosas. Y esa es una bendición. Yo sé que no lo podemos recibir con un corazón alegre, pero cuando Dios te ve una, te ve dos, te ve tres, te va encontrando y te va diciendo qué debes dejar de hacer.
Y Dios no es cruel, eh, que te diga: «Ahorita me dejas esto yo esto…». No, Dios te ha diciendo: «Ya no quiero esto, ya no quiero el otro, deja el otro, vente por acá». Y te va moldeando, como el barro en las manos del alfarero. Pero si tú no te dejas… Te va a desbaratar, te va a quebrantar, te va a romper y ahí sí vas a llorar, porque hemos visto ese video en YouTube donde está el alfarero y no le gusta la vasija y la vuelve a hacer. Ya que le gustó, la mete al horno y ahí viene el horno, caliente para que apriete el barro. Lo saca, lo deja en frío, lo vuelve a meter al horno, lo saca y al final no le gustó al alfarero y lo rompe. Y lo vuelve a hacer de cero. «Ay, hermano, es que yo pensé que con estas pruebas ya…» Hermano, en una de esas te vuelve a hacer desde cero. Pero cuando Dios termine la obra contigo, ni el fuego de Satanás te va a romper. Gloria a Dios. Cuando Dios esté trabajando contigo, ninguna prueba te va a desbaratar. Déjate moldear por el alfarero.
¿Qué es alguien desventurado? Alguien que no tiene fortuna, alguien que le va mal. Hay un clásico que dice es que a mí siempre me va mal, y puede ser en diferentes índoles: físicas, emocionales o materiales. ¿Qué es alguien miserable? Es la gente que es escasa, que no tiene nada y con carencias evidentes. Alguien miserable es al que tú ves. Pero también alguien miserable es alguien como el avaro, el que acumula es miserable, porque viendo la necesidad no suelta y no va a dar, le falta ética y empatía. Entonces, el ser miserable va en dos sentidos, el que de verdad no tiene y está escaso y aun así se le nota, y el otro, que también se le nota que tiene fortuna, tiene riqueza y no da. El ser miserable, hermanos, va en dos sentidos. Que tú nunca estés en uno de esos. Porque puedes decir: «Yo so– no soy miserable, hermano, yo tengo mi cuenta, tengo esto, ¿y cuándo diezmas?» «El Señor sabe que algún día desmando». «¿Y cuándo ayudas a la gente?» «El Señor sabe que oro por ellos todos los días». Eres miserable.
Pobre, pues es alguien que necesita, en el descendido espiritual, alguien pobre es el que casi no tiene ánimo. Ciego. Hermano, aquí este tema es muy importante. Hay iglesias ciegas. ¿Por qué? Porque hemos apartado nuestros ojos del cielo. Desnudos, pues se entiende, a una descripción física y emocional y espiritual. Quería puntualizar esos conceptos porque ahorita vamos a ver algunos pasajes.
A veces nosotros buscamos más la bendición de Dios que al Dios de las bendiciones, queremos que Dios bendiga, queremos que Dios haga, pero no queremos que Dios sea el Señor. Algunas veces decimos: «¡Sálvame!, pero no me señorees». «Perdóname, pero no me des más de santidad». «Guíame, pero que no sea con tu palabra». No es así. Es Dios total, es Dios completo, o somos calientes o somos fríos, pero a los tibios los vomitará de su boca.
25 Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? 26 Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? 27 ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? 28 Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; 29 pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. 30 Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? 31 No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? 32 Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. 33 Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
Mateo 6:25-33
Todo esto se encierra en dos letras: Fe. ¿Tienes Fe? No te preocupes, Dios suplirá. Pero Fe, ¿en qué la tienes? ¿En el dinero? ¿En el esfuerzo? ¿En Dios? ¿En su Palabra? ¿En qué tienes Fe? Ahí es donde se, se, se transforma esta parte. ¿Tenemos Fe? No te preocupes de nada. Pero una Fe verdadera.
17 Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.
Romanos 10:17
¿Tienes Palabra de Dios? Ten Fe, no dudes. «Hermano, es que no tengo Palabra de Dios». Búscala. ¿Quieres levantarte todos los días cierto que Dios va a suplir? Busca tu promesa. Cuando yo era más joven y de esos primeros momentos que fui cristiano, el Señor me perdonó, yo le decía, todavía a mi papá: «Déjame una, una sillita, déjame orar aquí todas las noches, porque soy un pecador y sé que si me aflojo, me regreso». Y en una de esas noches, el Señor me dijo: «Te prometo algo». «¿Qué, Señor?» «No he visto justo desamparado, ni su simiente que mendigue pan». Y yo: «Ah, caray, Señor, me voy a casar». No, yo no me quiero casar. No, no, no, no, es lo que quieras, pero yo no me voy a casar. Y a lo largo de todos esos años, que han de ser ya como veintiocho, treinta años, el Señor todos los días me viene perfeccionando en esa promesa que me dio. Cuando yo dudo, me dice: «Dije justo, ¿estás siendo justo?» «Señor, es que…» Nada. «Quiero que seas justo», «Señor, mis hijos». «Ah, pues un hombre justo tiene hijos justos». «Ah, es que yo creí que yo era el justo y ellos ya recibían la bendición». No. Compórtate como tal. Y les he dicho últimamente ya a mis hijos, que ya los veo más estables: «Se rayaron. Yo fui el que luchó por la promesa y ustedes ya la, la van a tener».
Pero volvemos al punto. Si ellos pecan, está la promesa, pero Dios no se las va a cumplir, porque ellos también tienen que entender que de Dios viene la promesa. Entonces yo soy feliz. ¿Por qué? Porque mientras me mantenga en Dios, mis hijos no van a mendigar pan, o sea que sí vamos a tener para comer. Y me gozo más porque mis nietos, que ya no sé si nos dé el tiempo o no, está en Dios, tampoco van a padecer. Y esa promesa la ha tenido el Señor conmigo todo este tiempo. Y cada que me aprieta el zapato, como a todos, Dios me dice: «Ten Fe». «¿En qué?» «En lo que te prometí».
Tengamos fe. Es cuestión de fe, hermanos. No hay otra razón. Voy a decir una locura, pero puede pasar, puede ser que tú tengas miles de millones de dólares o pesos en el banco y con el nuevo orden mundial te digan: «Si tú no te sellas, no sacas ni un peso». Puede pasar. ¿Y cómo sacas todo tu dinero? Eso es bíblico. Nadie compra y nadie vende si no tiene la marca de la bestia. Pero para que la bestia llegue a ese punto, va a experimentar, como ha experimentado con otras cosas. Y ustedes lo saben, han habido en México muchos apagones, ¿verdad? ¿Qué va a pasar cuando se nos apague la app, se nos apague el banco y que te digan que no puedes retirar? ¿De dónde vas a sacar dinero? Aunque des tarjetazo, no hay terminales, no hay, no hay electricidad. ¿Cómo? Ni para gasolina vas a poder porque las máquinas no sirven.
Tengamos Fe, en que Dios va a suplir todas las cosas y seamos prudentes, obedezcamos lo que diga el Señor.
4 Busqué a Jehová, y él me oyó,
Y me libró de todos mis temores.
Y sus rostros no fueron avergonzados.
Y lo libró de todas sus angustias.
Y los defiende.
Salmos 34:4-7
Lo que quiero transmitir en estas citas, hermanos, es cómo poder dejar de ser desventurados. ¿Qué es lo que nos aconseja el Señor? Con esa promesota de Dios, no podemos ser desventurados. El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende. No podemos ser desventurados. Seamos muy bendecidos.
No me las niegues antes que muera:
No me des pobreza ni riquezas;
Manténme del pan necesario;
9 No sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová?
O que siendo pobre, hurte,
Y blasfeme el nombre de mi Dios.
Proverbios 30:7-9
Ven, ahí ataca las dos áreas del ser miserable: me das mucho y me olvido de ti y no me da nada y blasfemo de ti. No, mantenme con lo que debo tener. Eso le quita a uno lo miserable, porque sabemos que de la mano de Dios lo recibimos todo. No es tuyo. Ni la pobreza ni la riqueza es tuya.
10 como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo.
2 Corintios 6:10
Poseyéndolo todo, hermanos. ¿Por qué? Porque Dios está con nosotros. Él es el dueño de todo lo creado. ¿Por qué no nos lo da? Porque nos está preparando, nos está formando un carácter. Si tú le das a un niño de cinco años doscientos pesos, dulce seguro. Si se lo das a un niño de trece, videojuego seguro. Pero dáselo uno de veinte, dale quinientos o mil pesos. Drogas seguro. Algo raro, algo va a comprar, se va de fiesta. No le alcanza para un teléfono ni unos tenis, pero va a suplir algo que lo haga feliz. Entonces, Dios lo posee todo y nos lo va a dar a su tiempo.
6 Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones, 7 para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas. 8 Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas. 9 He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas; antes que salgan a luz, yo os las haré notorias.
Isaías 42:6-9
Ahí el punto es que el que es ciego es porque no ve a Cristo, no ve al Señor. ¿Quieres no ser ciego? Pon tus ojos en Jesús. Así de fácil. Pon tus ojos en Jesús. Y sí de verdad, tú puedes poner hoy tus ojos en Jesús y mañana la renta, la escuela, mi marido, mi mujer. En la autoridad del Señor, háganse, voy a ver al Señor. Siempre va a haber algo que desvíe tu vista de Cristo. Son esas nubecillas oscuras que pasan por ahí. Ábrelas y ve a ver a Cristo. Y entonces, en el nombre del Señor, esas nubecillas van a convertirse en nubesotras blancas. Pero tienes que ir a Cristo. Si pierdes tus ojos de Cristo, eres ciego. Eres ciego. Por más conocimiento que tengas. Hay gente que sabe mucha Biblia, mucha Biblia, muchos libros, pero es ciego porque ha perdido sus ojos de Cristo. Sea quien sea, los ojos tienen que estar puestos en Cristo Jesús, hoy y siempre. Aunque nos duela, porque cuando vemos al Señor, él nos ve y nos dice: «Eh, esto no me gusta». Pero mientras te lo diga él, gloria sea Dios.
5 Y salió del trono una voz que decía: Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, y los que le teméis, así pequeños como grandes. 6 Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! 7 Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. 8 Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos.
Apocalipsis 19:5-8
¿Quieres no estar desnudo delante del Señor? ¿Qué debes hacer? Acciones justas. Esa es tu mayor vestimenta delante de Dios, acciones justas. Entonces, hermanos, no hay pretexto, y a esa iglesia se le habían olvidado todas esas acciones que a nosotros no se nos olvide.
4 Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. 5 Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. 6 El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. 7 Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. 8 En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.
Juan 15:4-8
Las oraciones para Dios son oro para Dios. Pero nosotros lo que debemos de tomar de Dios es esa permanencia para dar mucho fruto, muchísimo. Y en eso es glorificado el Padre.
Las vestiduras blancas como vimos son las acciones de los justos.
Unge tus ojos. A ver, ¿qué dice el salmo, por favor?
¿Y a dónde huiré de tu presencia?
Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás.
Y habitare en el extremo del mar,
Y me asirá tu diestra.
Aun la noche resplandecerá alrededor de mí.
Y la noche resplandece como el día;
Lo mismo te son las tinieblas que la luz.
Tú me hiciste en el vientre de mi madre.
14 Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras;
Estoy maravillado,
Y mi alma lo sabe muy bien.
Salmos 139:7-14
¿Qué queremos e-ejemplificar en este pasaje? Pon tus ojos en Cristo. Empieza este pasaje diciendo: ¿A dónde me iré de tu espíritu y a dónde huiré de tu presencia? A ningún lado. Pon tus ojos en Cristo, hermano. Aun desde el vientre de nuestra madre, Dios ya nos veía, Dios ya nos contemplaba. No podemos escapar de Él. Y qué bueno, ¿por qué?, porque siempre va a estar al pendiente de nosotros. Y qué malo, ¿por qué? Porque no te le va a escapar ninguno de tus pecados.
Entonces, transformémoslo. Que nos proteja, que nos cuide andando de acuerdo a su corazón. Y dice al final de este hermoso pasaje: «Estoy maravillado y mi alma lo sabe bien».
¿Queremos tener una buena guía?, ¿queremos ver hacia donde vamos? Escudriñemos la palabra.
Lámpara es a mis pies tu palabra,
Y lumbrera a mi camino.
Salmos 119:105
Cántico de acción de gracias
Isaías 12
12 En aquel día dirás: Cantaré a ti, oh Jehová; pues aunque te enojaste contra mí, tu indignación se apartó, y me has consolado. 2 He aquí Dios es salvación mía; me aseguraré y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es JAH Jehová, quien ha sido salvación para mí. 3 Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación. 4 Y diréis en aquel día: Cantad a Jehová, aclamad su nombre, haced célebres en los pueblos sus obras, recordad que su nombre es engrandecido. 5 Cantad salmos a Jehová, porque ha hecho cosas magníficas; sea sabido esto por toda la tierra. 6 Regocíjate y canta, oh moradora de Sion; porque grande es en medio de ti el Santo de Israel.
El Señor reprende, sí. El Señor jala las orejas, sí, pero es por un breve tiempo. Y cuando él nos hace entender que viene el canto, el gozo, porque grande es en medio de nosotros el Santo de Israel.
Entonces, no temas ni no te sientas mal cuando el Señor te jale las orejas, porque al que ama, castiga y reprende. ¿Por qué? Porque nos corrige, porque nos va haciendo mejores, porque nos va dando carácter. No te sientas mal. Deja que el Señor te trate.
19 Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete.
Apocalipsis 3:19
Este pasaje, hermano, lo quiero terminar con ustedes de una manera muy práctica.
20 He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
Apocalipsis 3:20
¿Por qué sacamos al Señor de nuestra vida? ¿Por qué lo sacamos de la iglesia? Porque nos sentimos suficientes con algo más o con alguien más. Nos gusta el Dios de la bendición, pero no el Dios de la santidad. Queremos el Dios de la prosperidad, pero no el Dios del servicio. Queremos el Dios que nos va a llevar al cielo, pero no el Dios que castiga y corrige. Y la iglesia de este tiempo, que es laodicea, que es la iglesia apóstata, que es la iglesia que ha perdido el amor, que es la iglesia que dice que es rica, que es la iglesia que no tiene una obra sola digna de reconocimiento del Señor, está alrededor nuestro.
Nos está invadiendo por YouTube, Facebook, TikTok. Y siempre hay ese mensaje positivo, ese mensaje engañoso. ¡Ven a Cristo! Yo sé que a algunos os gusta mucho esa parte de devocional en la mañana en una aplicación. Está bien, está coqueto, está bonito, pero no hay mejor devocional que tú alabes al Señor, que tú leas la palabra donde el espíritu te lleve y que clames ese día a Dios por bendición.
No hay mejor devocional. Algunos necesitamos que alguien nos lo recuerde y, y que nos diga: «Ah, te toca leer la Biblia». Ok. Pero aun así, hermano, busca al Señor todos los días. Y me voy a quedar con esa palabra de esta mañana, El fuego tiene que estar encendido todos los días. Y es tu responsabilidad que no lo apagas. Es tu responsabilidad que no se apague el fuego de Dios, ¿sí? Que no está prendido, préndelo. Vas y aquí llévate el fuego del altar y déjalo en tu casa y procura en Dios que no se apague. Pero es tu decisión.
Cristo viene. Y si no viniera en nuestra generación, pues tú no sabes cuándo vas a morir, ni yo tampoco. Y es el momento de que en tu casa y en tu vida haya fuego de Dios, que estés caliente, que estés ardiendo, que estés honrando al Señor.